Excursiones

Agradable travesía que le situará al borde de las espectaculares entrañas del Volcán de la Corona.

DificultadBaja.
DuracionHora y media aproximadamente.
Distancia4 kilómetros.
RecomendacionesCalzado de senderismo. Crema solar. Agua.

Ye-Volcán de la Corona

En tres cuartos de hora de agradable paseo naturista se situará al borde del cráter resquebrajado del Volcán de la Corona, cuya figura reina de manera dictatorial el norte de Lanzarote. Paseará entre margaritas violetas y amarillas, higueras, parras de uva y el líquen que brota sobre el malpaís petrificado que inunda el pueblo norteño de Ye.

En la cúspide su retina captará el crisol de colores, ocres, rojizos y suave verde, pero también la caprichosa orografía volcánica con un sinfín de formas y relieves que, lejos de chirriar, convive en alegre armonía. La panorámica incluye vistas tan seductoras como las playas sureñas de la isla de La Graciosa y el islote de Montaña Clara.

Asaltar la cumbre del Volcán de la Corona atravesando el portentoso monumento natural que conforma. El sendero más sencillo se localiza en el corazón del pacífico pueblo norteño de Ye. A unos pocos pasos de la iglesia del poblado identificará con nitidez la vereda de tierra natural, bien holgada para transitar con comodidad. La puerta está abierta para conectar con el marco naturista de Corona. La travesía, de baja dificultad en su mayor parte, no superará los 45 minutos en su fase de ascenso.

Reinando el norte de Lanzarote: el Volcán de la Corona

Nada más iniciar el trayecto se adentrará en una relajante atmósfera. A pesar de la cercanía del asfalto, las plantaciones que pueblan el volcán desprenden un aire puro. Llama la atención la cuidada distribución de los viñedos, una bolsa gigante de parras de uva coquetamente separadas entre sí por medio de piedra natural bañada en líquen. Esta florecilla que brota sobre la lava petrificada salpica todo el escenario. Su impacto, de suavísimo color verde, contrasta con los contornos volcánicos de Corona, que deriva en una estampa singular.

Por mucho que el sinuoso volcán reclame su atención, conviene detenerse y contemplar el camino recorrido, hacia Yé, y también hacia la costa norte y este. Observará en privilegiada posición la vasta dimensión del monumento natural norteño con sus miles de hectáreas de malpaís volcánico y las parras que exhalan el aroma del futuro malvasía. Con el cielo despejado, en dirección norte, tropezará visualmente con Montaña Amarilla (La Graciosa), Montaña Clara y la enigmática Alegranza (islotes de Archipiélago Chinijo).

Vista de Montaña Amarilla (playa de La Graciosa) desde el cráter del Volcán de la Corona

En las faldas de Corona

A la media hora de sendero la vereda se estrecha y escarpa. Un ligero desnivel ascendente concentrado en un caminito que no llega al metro de anchura le dirigirá, en apenas diez minutos, a las entrañas del Volcán de la Corona. Si anteriormente destacaba la presencia del líquen, aquí, en los alrededores de las puertas del cielo, su efecto resulta brutal. Es en esta última fase de la travesía cuando el alegre crisol crece con abundante vegetación rodeando el cono volcánico: flores amarillas y violetas, higueras, babas de líquen...que paradójicamente se integran a la perfección con el ramillete colorido de Corona: un genuino baño de ocres, tonos rojizos y el negro de la ceniza volcánica. 

El cráter de Corona no deja indiferente a nadie.

Con la mirada limpia, es lo que tiene tanta pureza, disfrutará de un cuadro primoroso. Durante el camino apenas sintió la presencia del viento. En el cráter se hace notar y conviene tenerlo en cuenta para no hacer temeridades. Da igual el echadero que elija, el horizonte deslumbra. Tiene panorámicas diversas donde posar su retina. Dando la espalda al cráter, a la derecha, el descendente valle de malpaís, el jable blanquecino de Los Caletones y el Roque del Este en el Atlántico. Hacia el norte, Ye, el océano y los peñascos de Montaña Clara y Alegranza. Como si estuviera en un observatorio de astronomía, acompaña un inquietante silencio, roto de cuándo en cuándo por el cacareo de algún gallo aburrido de Yé.

Esta conjura de formas rocambolescas y relieves mágicos tuvo que dar algo más de sí

De vuelta a las vísceras de Corona, esta conjura de formas rocambolescas y relieves mágicos tuvo que dar algo más de sí: mire ahora hacia el pueblo costero de Punta Mujeres y encontrará dos pequeñas cotas camufladas entre la riada de malpaís. Se trata de la Cueva de los Verdes y Los Jameos del Agua, íntimamente relacionadas con el volcán de Yé. En la erupción de hace tres milenios hubo movimiento subterráneo de fuego hacia el litoral. El inmenso tubo volcánico resultante nos regaló la cueva y los jameos, dos de los centros turísticos de mayor renombre de Lanzarote.

Caminito de vuelta

El camino de descenso a Yé lleva otros 45 minutos. En total, hora y media de senderismo por Lanzarote. El pueblo norteño acostumbra a resultar bastante frío. Se aconseja, pues, llevar abrigo (viene muy bien sobre todo cuando asaltamos la cumbre de Corona y se hace notar el viento). El quebradizo espacio de la zona obliga a calzarse adecuadamente. Complemente esta travesía con la visita a cualquiera de estos miradores vecinos: El Río (César Manrique) y/o el propio de Ye, con las impresionantes vistas al Archipiélago Chinijo.

Más sobre el Volcán de la Corona:

- La subida a la cima, por Clara Suárez. 

- La ermita de Ye, por Ramón Pérez Niz. 

- El volcán de la Corona, por Jorge Marsá. 

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