La isla

Los primeros habitantes de Lanzarote procedían del norte de África y se asentaron en la isla en torno al año 500 a.C.

En 1402, Jean de Bethencourt inició el proceso de la conquista de Canarias.

La apertura de Lanzarote hacia el turismo, en la segunda mitad del siglo XX, tuvo un profundo calado gracias a las ideas y proyectos del artista local César Manrique.

Historia y cultura

Los majos, procedentes del norte de África, se asentaron en Lanzarote en torno al año 500 a. C. Su actividad agrícola y ganadera les llevó a levantar aldeas en el centro de la isla. Eran monoteístas y complementaban el cultivo de la tierra con la pesca y el marisqueo.

Lanzarote le debe el nombre al navegante genovés Lancelotto Malocello, quien la redescubrió a comienzos del siglo XIV. Los majos sufrieron las expediciones castellanas y portuguesas que buscaban esclavos, pieles y tintes.

Los normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle iniciaron el proceso de conquista de Canarias por Lanzarote en 1402. Enrique III de Castilla cede el señorío de la isla a Bethencourt. Convirtiéndose la isla en un señorío feudal.

Entre los siglos XV y XVIII, la isla vivió épocas fecundas (el cultivo de la barrilla o la cochinilla) y etapas convulsas (sequías y la erupción de Timanfaya). Paradójicamente, la tragedia de los vómitos de lava ha traído consigo la transformación más poderosa de Lanzarote: su apertura al turismo.

Desde mediados del siglo XX, la isla se ha asentado como destino vacacional. Su buena reputación se le debe en esencia al artista lanzaroteño César Manrique, quien logró diferenciar el modelo turístico asentándose en la naturaleza y el arte.

 

 

 

La historia de Lanzarote y sus habitantes es una historia de lucha por la supervivencia contra un entorno natural poco dotado en recursos, que con el paso del tiempo ha derivado en su beneficio.

De la prehistoria a la Conquista

Los primeros habitantes de la isla, que al parecer se autodenominaban mahos o majos, procedían del norte de África y llegaron en torno al año 500 a.C. Mantenían una economía basada en actividades agrícolas y ganaderas, complementadas con el marisqueo y la pesca. Estos sectores económicos se han conservado hasta hace apenas medio siglo. Los majos se asentaron en aldeas, que se concentraron principalmente en la zona central de la isla (conocida como el Jable): allí se localiza el yacimiento de Zonzamas o la Gran Aldea (hoy Teguise).

Grabado de la expedición de Jean de Bethencourt para la conquista de Canarias, que se inició por Lanzarote (1402)

Según las crónicas, los majos eran monoteístas con el culto generalizado al sol y la luna, así como a algunos elementos naturales de relevancia para ellos. La isla tomó el nombre del navegante genovés Lancelotto Malocello, quien la redescubrió a comienzos del siglo XIV y que abrió una época de razzias y expediciones castellanas y portuguesas en busca de esclavos, pieles y tintes.

Cuando en 1402 los normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle llegaron a la isla, se encontraron con una población en retroceso. Esta circunstancia facilitó su conquista. Enrique III de Castilla cede el señorío de la isla a Bethencourt. Lanzarote se convirtió en un señorío feudal. Pasó de los descendientes de Bethencourt a otros señores castellanos, aunque durante un breve período de dos años la isla estuvo bajo el control de los portugueses, que serían expulsados por los propios habitantes.

Hasta la abolición del señorío, a principios del siglo XIX, Lanzarote estuvo bajo el dominio del señor, aunque este sólo residió en la misma durante los primeros siglos. Debido a los escasos recursos y la cercanía geográfica, los señores realizaban razzias en el continente africano en busca de esclavos berberiscos durante el siglo XVI. Esta actitud se volvió en contra de la propia isla, ya que fue asaltada en tres ocasiones por piratas bereberes: en 1569, en 1571 y en 1586. Sin embargo, el ataque más grave se produjo en 1618. Además de notables pérdidas materiales, se calcula que un tercio de la población de Lanzarote fue apresada para pedir rescate por ella. Durante este período, la isla mantuvo estrechos contactos con ínsulas portuguesas atlánticas, especialmente Madeira, erigiéndose, junto con Fuerteventura, en el granero del archipiélago.

El fuego que transformó Lanzarote

El devenir de la isla cambió por completo en septiembre de 1730. En esa fecha, y durante seis años, la tierra se resquebrajó y comenzó a vomitar lava y otros elementos volcánicos que modificaron tanto el paisaje como la economía lanzaroteña. Las erupciones de Timanfaya cubrieron varios pueblos y zonas fértiles provocando la emigración de parte de la población. Además, trajo consigo diferentes períodos de hambruna al destruir amplias espacios productivos dedicados al cultivo de cereales.

En el transcurso de la segunda mitad del siglo XVIII, se introdujo el cultivo de la barrilla que derivó en una etapa de expansión económica. El crecimiento del puerto de Arrecife se debe en buena medida a este impulso comercial. Al mismo tiempo, se empieza a acondicionar el picón expulsado por los volcanes para el cultivo de la vid. El resultado de esta transformación es el espectacular paisaje de La Geria. La primera bodega insular, El Grifo, empezó a operar en 1775.

Valle de cenizas de La Geria decidado al cultivo de la vid

Este período de crecimiento se frenó en la primera mitad del Ochocientos tras la Guerra de la Independencia. La crisis de la barrilla como producto de exportación unidad a ciclos de sequías, hambrunas, y una nueva erupción volcánica en Timanfaya en 1824, conllevaron la emigración forzosa de muchos lanzaroteños.

La introducción de la cochinilla como nuevo producto de exportación a mediados del siglo XIX y la promulgación de Ley de Puertos Francos en 1852 permitió a la isla volver a crecer y disfrutar de una época de prosperidad. La cochinilla sería sustituida pocas décadas después por la industria conservera y derivados de la pesca en el banco canario-subsahariano.

La década de 1960: César y la nueva Lanzarote

A partir de una serie de hitos, la década de 1960 significó un nuevo giro en la historia lanzaroteña. El primero se produjo en 1965 cuando se instala en la isla la primera desaladora de Europa. Este hecho liberó a la isla de la tradicional dependencia de las lluvias para su abastecimiento, permitiéndoles orientar su economía hacia otros sectores productivos más allá del agrícola.

El segundo hito tuvo lugar en 1966 cuando el artista conejero César Manrique retorna para su asentamiento definitivo en la isla tras su estancia en Nueva York. Junto con el entonces presidente del Cabildo (Gobierno Insular), José Ramírez Cerdá, se propone transformar Lanzarote en un destino turístico con estas premisas: poner en valor su paisaje, la naturaleza volcánica, la arquitectura tradicional y el arte. A día de hoy, puede decirse que estos activos siguen configurando los elementos definitorios de la isla.

La apertura de Lanzarote al turismo transformó la isla. La visión de César Manrique resultó vital de cara a distinguirla como destino vacacional

Desde entonces, Lanzarote se ha volcado en un turismo que busca algo más que sol, playas y buen clima. Un turismo donde el arte y la naturaleza se acoplan de manera única en un itinerario de centros turísticos que fueron edificándose en todo su territorio. El Monumento al Campesino, el Mirador del Río, los Jameos del Agua, el Museo Internacional de Arte del Castillo de San José, el Centro de visitantes del Parque Nacional de Timanfaya, junto a la Cueva de los Verdes y la propia casa de César Manrique, constituyen los espacios que vertebran la oferta diferenciadora de Lanzarote en las décadas de los sesenta y setenta.

Esta inercia de arte naturaleza resultó el germen de un turismo sostenible que hizo a la isla acreedora del título de Reserva de la Biosfera. La Unesco otorgó este reconocimiento en 1993. Sin embargo, ya desde comienzos de la década de los noventa, empezaron a apreciarse algunos aspectos de un modelo desarrollista, lo cual se ha traducido en un importante crecimiento económico de la isla a costa de la sostenibilidad. El aumento notable de la población, sobre todo foránea atraída por el desarrollo turístico, así como el dominio del sector servicios frente a otros ámbitos económicos, ha generado cambios sustanciales en la sociedad conejera. En la actualidad, Lanzarote se enfrenta a un importante reto: la toma de decisión sobre qué futuro desea tener: aquél que la ha convertido en un lugar único en el mundo u otro donde se pueden perder las esencias fundamentales de la isla y de sus habitantes. La compatibilización del desarrollo económico y la sostenibilidad del medio natural son los dos grandes desafíos de este siglo para la isla.

Nota: Este artículo es obra del historiador Álex Brito, quien da cuenta de los vestigios e hitos más importantes de la Historia de Lanzarote en su blog Rubicón.