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“Chefs”, la comedia que se come

Por Usoa Ibarra

El teatro en el teatro. Así podríamos definir la obra “Chefs” que pone el foco sobre el ego de los que se han convertido en los “estandartes” de la “nouvelle cuisine”. Desde el teatro gestual, la compañía Yllana, nos muestra a un cocinero estrella, atrapado en una teatralización sin límites, condenado a superarse a sí mismo en la excentricidad más ilógica. El reflejo de la absurdez que rodea ese mundo de la cocina de diseño es lo que queda al descubierto en “Chefs”, donde el cocinero protagonista, no solo tiene que enfrentarse al reflejo de su propia superficialidad, sino que debe lanzarse a la búsqueda de “su esencia culinaria”.

Y si la gastronomía de hoy tiene como un elemento imprescindible lo estético, la puesta en escena que propone “Yllana” es ilusionista, con algún truco de magia incluido que aumenta esa sensación de que la “cocina moderna” es también puro atrezo.

Los cuatro actores que se suben al escenario, enlazan distintas situaciones, que pueden empachar en estereotipos, pero que resultan necesarias para comprobar que el fenómeno “de la cocina-negocio” se ha globalizado. También queda patente, que ya sea desde la gastronomía francesa, oriental o italiana, se ha entrado en una dinámica de desvirtuar la esencia culinaria. Precisamente, el resultado de esa deriva de valores nos lleva a una parodia constante entre fogones.

Para retomar el rumbo, y como si se tratara de una catarsis, el protagonista de “Chefs” está obligado a hacer un viaje introspectivo de la fama a sus raíces, de lo efímero a lo tangible. De hecho, la pérdida de su “buena estrella” (en este caso de sus “Estrellas Michellin”) le obliga a tocar fondo para volver a emerger y recuperar el prestigio perdido combinando talento profesional y mucho azar.  

Precisamente, esta es la moraleja que se descubre ante un público, que va haciendo poco a poco la digestión de un espectáculo que incluye momentos de  improvisación que ayudan a aumentar la complicidad.  

Aunque el ritmo de la obra es inicialmente frenético, va perdiendo fuelle en la parte central del espectáculo, pero como en todo buen convite, pronto se recupera “la gula cómica” con el esquech del crítico culinario. Éste  alimenta un poco más la cadena de “favores” en la que se convierte la gastronomía basada en conceptos abstractos y subjetivos, que ni el propio “cocinero estrella”, parece comprender.

Precisamente, de esa hilarante relación de "fuerzas contrapuestas" entre crítico y creador, surge un final redondo donde la moraleja alimenta la reflexión y hace que surja la sonrisa final tras 80 minutos de espectáculo saciante.