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[Cine en El Almacén] “Two Sevens Clash”: Cuando los rastas encontraron a los punks

Cuándo: Miércoles 29 de agosto, 19:00. Jueves 30 de agosto, 21:00. Dónde: CIC El Almacén, Calle José Betancort, 33, Arrecife (mapa). Precio: 3 euros.

Luis Arencibia Verdú

Recientemente, la primera ministra británica, Theresa May, tuvo que pedir públicas disculpas, debido a que los servicios de extranjería de su país habían amenazado con expulsar a miles de ciudadanos procedentes de diversos países caribeños, como Jamaica, Barbados, o Trinidad y Tobago, muchos de los cuales llevaban más de medio siglo residiendo en Reino Unido. Se trata de los miembros de la denominada "generación Windrush", los cuales fueron atraídos al Reino Unido con promesas de trabajo tras la Segunda Guerra mundial, por la necesidad de mano de obra precaria para afrontar su reconstrucción tras el conflicto. Tan precaria, que en muchos casos ni siquiera nadie se molestó en documentar su llegada, motivo por el cual han sido amenazados de expulsión décadas después.

Con semejante percal, no es de extrañar que la parte más joven de la comunidad jamaicana en UK abrazase con los brazos abiertos en los años setenta la cultura y el movimiento rastafaris que, más allá de los colocones con maría, les ofreció un sentido de pertenencia, una mitología propia y unos valores humanos y de conducta, que dieron sentido a unas vidas de barriada, en una tierra en la que no tenían ningunas raíces.

Pero por supuesto no eran los antillanos los únicos jóvenes angustiados en la parte más mugrienta del Reino Unido de los setenta. Sus blancos vecinos de escalera veían como sus padres, después de haber dedicado toda una vida a prosperar en circunstancias difíciles, envejecían agotados y con poco o nada que aportarles. Muchos de estos jóvenes blancos se fueron con un portazo, para vivir en comunas ocupadas, y fundar (en un principio sin saberlo) el movimiento punk.

La sala londinense Roxy fue uno de los primeros lugares donde los punks perpetraron sus alocados conciertos, y en ella pinchaba un tal Don Letts (Londres, 1956), quien, debido a la limitada cantidad de música punk grabada hasta ese momento, incluía frecuentemente reggae y dub en sus sesiones. Con este sencillo e involuntario gesto, acabó poniendo su grano de arena para que sucediera lo que en cierta medida era inevitable: que ambos mundos de jóvenes en búsqueda, el de los rastafaris y el de los punks, se encontraran y se enriquecieran mutuamente.

Para dar a conocer este recodo de la historia musical contemporánea, Don Letts, convertido posteriormente en director de cine, desempolvó en 2017 sus cintas de Super-8, y hace desfilar ante nuestros deleitados ojos el experimento de búsqueda y libertad que fue la “punky reggae party”, en aquella Inglaterra con nubarrones de la segunda mitad de los setenta.