Ocio

Dir.Arrecife

Ole, ole y ole

(Por Ornelia Cabrera. Fotografías: Bárbara Müller)

Punto de partida: no entiendo el flamenco. Se me escapan los referentes. Es como enseñarle arte abstracto a un esquimal.

Toda la vida pensando que era la sin razón, el sentimiento desbocado, la anarquía de las pasiones sin rienda. Pero no. Ahí es donde se le llama arte. Un explorar la escala cromática de todos los sentimientos, desde el amor, al odio, pasando por el enfado, el dolor y también la alegría. Se trata de irlos trabajando uno a uno y alguno de ellos matarlos a taconazos, con el zapateo. Se trata de una especie de exorcismo.

Ahí es dónde reside el arte. Porque en ese momento que la bailarina y los músicos son poseídos por el duende, el arte asoma desde años y años de estudio y práctica, para mantener todo ese sentir más o menos ordenado. A sus ojos.

A ojos del público la fuerza invade los corazoncitos de hasta los más tacaños en sonrisas. Todo esto iba yo pensando a lo largo del espectáculo. Hasta que dejé de pensar. Que no se trata de eso. Que si esto lo admiran hasta en Japón no es por entenderlo racionalmente.

Se trata de sentir. Que cuando esa mujer con figura de adolescente bailaba y mirabas la complicidad de los músicos entre ellos, y se sonreían, deseabas desde el fondo de tu alma que les fuera lo mejor posible en la vida. Y hasta me oí murmurar: Ole, viva la madre que te parió.

Nota: Ornelia Cabrera y Bárbara Müller asistieron el pasado sábado 19 de noviembre al espectáculo Caprichos del Tiempo, de la compañía de flamenco de Isabel Bayón, que se representó en el teatro El Salinero de Arrecife de Lanzarote.