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[Teatro] Reflexiones tras el paso de El Bufón por Lanzarote

Luis Arencibia Verdú

Cataluña, literalmente, no existe. España tampoco. Tu empresa tampoco. Y, menos, tu matrimonio. Todas estas cosas, que nos parecen tan reales, incluso físicas, son solo pactos entre humanos, para organizar nuestras relaciones e, idealmente, facilitar el acceso a la felicidad del mayor número de personas posibles. Un allien que acabase de aterrizar en la Tierra algo despistado, no vería de ellas más que los síntomas o los símbolos. Y un grano de arena es más literalmente real que todos los países del mundo.

Esto en gran medida es una boutade, ya que las consecuencias de esos pactos entre humanos son muy reales, y de hecho determinan definitivamente las vidas de cada una de las siete mil y pico millones de personas que habitan este mundo. Pero sí es un sano recordatorio a hacernos, cada vez que alguien pretenda argumentar que, por ejemplo, el matrimonio es algo concreto (una relación para toda la vida entre un hombre y una mujer) y sagrado, por encima de la felicidad de las personas. O que la creación de nuevas fronteras (que se sumarían a las que ya han costado siglos de sangre), bien merece un conflicto social, porque las naciones estarían según ellos por encima de los hombres, como Dios.

Albert Boadella, que la semana pasada trajo su obra El Sermón del Bufón a Lanzarote, ha sido repudiado por gran parte de la población catalana (y por la inmensa mayoría de las instituciones de aquella región) por defender estos u otros planteamientos similares. En su monólogo, con aire de testamento artístico, el catalán hace un repaso de una obra, cuyo lev motiv reconoce y repite constantemente: tocar las pelotas

En su caso, concretamente, al nacionalismo. Por su búsqueda obsesiva de las diferencias, por su lloriqueo constante y por su insensibilidad ante el conflicto y el dolor que su obsesión por levantar nuevas fronteras está causando. Y esto, irónicamente, justo en el siglo y en el lugar en el que estamos intentando pasar a una siguiente fase (cada vez con mayores dificultades), en la que estas fronteras vayan perdiendo paulatinamente su sentido.

Mientras ese señor de 75 se movía de un lado a otro del escenario, rememorando por ejemplo sus años de Els Joglars, o su primer encuentro con Jordi Pujol, reconozco que en algún momento me abstraje de su relato, por la pregunta que me rebotaba en la cabeza de una forma u otra: ¿Cómo llega un tipo a ser denostado por millones de personas, defendiendo ideas dignas de ser discutidas?, ¿de dónde viene la energía para que esa persona conserve la sana mala baba para llevar la contraria, a pesar de ser insultado, acosado, agredido…?, ¿se trata de una cuestión de moralidad, o de ego?

Probablemente sea una mezcla de ambas cosas. Pero, en cualquier caso, yo no podía dejar de pensar en el millón de personas (según la Guardia Urbana), o las 350.000, (según la Delegación del Gobierno) que desfilaron por las calles de Barcelona, cuyos sentimientos hacia el cómico van de la antipatía, hacia el odio visceral. Y no podía dejar de sentir fascinación hacia el hombre bastante enclenque que, sobre el escenario y fuera de él, sigue defendiendo eso cada vez más amenazado, que es el criterio propio. Asumiendo todas y cada una de las consecuencias.