Andares

Hoy estuvimos en Los Pocillos. Cuando el viento lo permite (entre 10-15 nudos es el límite) es una playa maravillosa, cuya holgura nos permite estar a solas, sin sensación alguna de masificación. 

La gente se baña porque el mar está estupenda, pero también resulta habitual andar por la orilla. Hoy me puse y tuve la suerte de cruzarme con gente variopinta, de andares curiosísimos. 

Los veintiañeros con las cholas en la mano comiéndose el mundo y las gorras viradas para atrás, en breve vaciarán la nevera para acto seguido beberse todo en la avenida que la noche está próxima...y así un día tras otro, es verano; el recién llegado, en torno a las 70 primaveras, camina incrédulo, pantalón corto, camisa, gorra, piernas ultrablancas, cholas y debajo de las cholas...unos calcetines blancos que cantan una barbaridad; los que llevan casi una semana, de tez rojo gamba y evidentemente ya descubrieron que no tiene sentido caminar con zapatos por la orilla, así que están descalzos; los nativos a), hoy me apunté a esta modalidad, se trata de caminar prácticamente sin levantar los pies, como arrastrándolos, en modo tranquilidad absoluta. Suelen tener el torso sin camisa, ni gorra, ensalitrados totales; los nativos b), modo deportivo, en formato marcha olímpica, encendieron la mecha que tienen en el pompis y caminan a toda velocidad con el único propósito de bajar los excesos del verano...después de la caminata se hincharán a todo, para mañana volver a caminar a toda mecha.

En medio de todo este trajín, familias enteras construyendo más castillos de arena que en Escocia, unas gaviotas que aletean el atardecer y los aviones que se aproximan a Guacimeta para traer más caminantes-bañistas. La cuadratura del círculo. 

A la vuelta seguí andando en dirección sur, a la altura del hotel San Antonio y me encontré esta maravilla. 

Para días de fuerte viento este es el sitio, el hotel cobija por completo la calita.