En el entorno de una de las mejores calitas de Costa Teguise todavía resiste uno de los viejos molinos que se utilizaban para atraer el agua hacia las salinas. Aquellas salinas eran, en su día, el principal signo de vida en este antiguo erial que hoy cumple más de medio siglo como destino turístico. Ahora la vida la ponen los cientos de hedonistas que recorren la avenida marítima mientras observan a windsurfistas y wingfoilers dibujar piruetas sobre el Atlántico.
Llegamos cuando la pleamar desbordaba el dique del embarcadero, aquel mismo que en los años 70 sirvió como punto de atraque para el hormigón que dio forma a los primeros hoteles y apartamentos de Costa Teguise. He aquí una fotografía de archivo…
Ese mismo dique, más de medio siglo después, a las doce del mediodía lo ocupa un pescador que se entrega al deleite del mar bravo en esta latitud de Lanzarote.
Desde aquí, las vistas son magníficas del despliegue hedonista que se posa en Costa Teguise: un núcleo eminentemente deportivo, muy apacible y donde se come de maravilla. En resumen, un destino perfecto para mantenerse activo en modo disfrutón.
Con la retina enriquecida, desciendo a la calita, pulcra y recién acicalada: las palmeras ondean hacia el cielo azul, el jable tostado y blanquecino luce en perfecto estado de revista, y el pequeño rompiente se abraza a la orilla dejando, como rúbrica, la espuma del mar.
A principios de diciembre, con 18–20 °C acercándose al mediodía, los viajeros que ya se bañan sienten pleno verano. Sin embargo, a nosotros, los lanzaroteños, hijos de esta tierra, nos cuesta adaptarnos a esta temperatura y a ese airecillo húmedo que identificamos como pelete (frío intenso).
Así que entramos en calor paseando por la orilla, a diestro y siniestro, antes de sumergirnos poco a poco en la increíble lámina de azul turquesa encajada entre el dique, el hotel y la barrera de piedras que separa esta calita de la playa de Las Cucharas.
Unas brazadas nos sitúan mar adentro, prácticamente al límite del dique. El pelete se disipa al instante. Aquí se está divino: sumergidos, suspendidos en esta lámina azul, girando sobre nuestro eje para alternar la mirada entre el horizonte abierto y la orilla que enmarca el hotel.
Descansamos bajo una de las palmeras que cobijan la calita, relamiéndonos aún del disfrute de una acción aparentemente simple: descalzarse, caminar, entrar en el mar, dar unas brazadas, girar sobre nuestro eje, zambullirnos una y otra vez… Puede que no hayan sido ni diez minutos, pero el efecto en el cuerpo y en el alma es soberbio. Reseteado.
¿Cuál es el plan ahora? Ellos decidirán si alargan la jornada con tenisAMP, se lanzan al wing foil o se suben a una bici; lo debatirán mientras almuerzan. Nosotros, mientras tanto, nos quedamos escribiendo lo vivido, recomendando el embarcadero del Salinas: un rincón de calma absoluta, sol y aguas turquesas en pleno corazón de Costa Teguise, donde cuerpo y alma se recargan al mismo tiempo.
Vivido: martes 2 de diciembre de 2025 entre las 11:00 y las 12:00 del mediodía.
¿Después del chapuzón? A nosotros nos gusta mucho Mi Piace, a tres minutos de la orilla de la calita…
C/ Las Acacias, 3, Costa Teguise (mapa).
Todos los días excepto los martes de 13:00 a 22:00.