El Parque Natural de los Volcanes de Lanzarote: Caldera Blanca

Vistas desde Caldera Blanca. Alegranza y Montaña Clara, islas del Archipiélago Chinijo, en el horizonte. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

De todas las zonas protegidas de la isla de Lanzarote, una que merece una especial atención es el Parque Natural de los Volcanes. Este se encuentra rodeando al Parque Nacional de Timanfaya y es especial porque posee unos conos muy antiguos, rodeados de los campos de lavas de las erupciones recientes de los volcanes del parque (trescientos años, apenas nada, para un geólogo), y de los volcanes de Tinguatón, del Cuervo y otros (siglo XIX, prácticamente ayer por la tarde). 

Islotes del Parque Natural de los Volcanes de Lanzarote. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Islotes del Parque Natural de los Volcanes de Lanzarote. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

Al ser más antiguos que las lavas que los rodean tienen un aspecto más desgastado y un color diferente, muy claro, por los depósitos de caliche que el tiempo ha ido colocando como un síntoma de su vejez. La apariencia, si los viéramos desde el aire, es el de ser islas blancas, rodeadas por un mar negro de malpaís. Es por ello, que las gentes los han denominado toda la vida como “Islotes”. 

Contraste del mar de lavas y las montañas antiguas de Mancha Blanca. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Contraste del mar de lavas y las montañas antiguas de Mancha Blanca. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

Estos, a modo de balsa, salvaguardaron a los invertebrados, las semillas y las plantas de la zona que sobrevivieron de ser quemados cuando la lava de los volcanes recientes emergieron de la tierra anegando con su calor todo este espacio. Estas características hacen del lugar un punto interesante desde el punto de vista de la flora y fauna así como del paisaje, mezcla geológica de lo muy reciente y lo muy viejo. En este pintoresco lugar se halla la Caldera Blanca.

Calderetas y Caldera Blanca en el horizonte del mar de lavas. Parque Natural de los Volcanes, Lanzarote. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Calderetas y Caldera Blanca en el horizonte del mar de lavas. Parque Natural de los Volcanes, Lanzarote. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

Para comenzar podemos partir indistintamente desde Mancha Blanca o desde el pueblo de Tinajo. En ambos casos se pueden seguir las indicaciones que hay por la carretera hasta llegar a unos caminos de tierra que se han señalizado para los amantes del senderismo y la bicicleta de montaña.

En esta ocasión optamos por salir desde Tinajo, dirigiéndonos por carretera hacia la montaña de Teneza, desde donde parte un gran camino de tierra que se dirige a la costa. Es muy frecuentado por pescadores y mariscadores. Esa costa de Tinajo es también muy interesante ya que existen algunos recovecos con alguna playa de arena negra y piscinas naturales moldeadas por el fuerte oleaje predominante.

Incluso por la zona, se haya la famosa cueva de Ana Viciosa, donde se decía se guardaba el tesoro de un pirata.

Costa de Tinajo. En las proximidades de la Cueva de Ana Viciosa. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Costa de Tinajo. En las proximidades de la Cueva de Ana Viciosa. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

Andando por ese camino llegamos a un desvío a la izquierda que actualmente está señalizado con un poste de información. El recorrido a pie lo haremos en unos 40 minutos y servirá para ir empolvando nuestras botas y calentando los músculos.

Se puede iniciar esta parte en coche pero recomiendo hacerlo andando ya que de esa manera nos metemos de lleno en grandes campos de malpaíses que comienzan a ser colonizados por los “todoterreno de la naturaleza” que son los líquenes. En los márgenes de este camino, y si nos fijamos bien, podemos ver algunos restos de los antiguos “caminos reales” que la lava no consiguió cubrir.

Subiendo a Caldera Blanca, Parque Natural de los Volcanes, Lanzarote. Fotografía: Josechu Pérez Niz.
Subiendo a Caldera Blanca, Parque Natural de los Volcanes, Lanzarote. Fotografía: Josechu Pérez Niz.

Seguimos por ese desvío a la izquierda (hay un poste informativo que señala Chimida) y nos encontraremos un aljibe de muros de piedra a unos 200 entre algunos islotes (Cho Gregorio, del Gato, islote del Aljibe blanco,…).

Este recoge el agua que se escurre por las laderas y se infiltra en el suelo. Aquí podemos parar y contemplar algo de la flora de la zona: hay algunos espinos, el omnipresente tabobo y una hierba conocida como mato, matabrusca o barrilla blanca; entre los animales podemos ver muchos camineros, cernícalos, algún cuervo y perdices correteando.

Al frente apreciaremos cómo se alza la Caldera Blanca, nuestro destino. Hace muchos años, la primera vez que anduve por esa zona, pude beber el agua de esa aljibe (un poco turbia pero con “bouquet”). Actualmente no sé como estará así que mejor llevar la nuestra.

Caldera Blanca, nuestro destino. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Caldera Blanca, nuestro destino. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

Atravesando los islotes (no hay caminos bien definidos) en dirección SSE hacia la caldera, llegaremos hasta una zona denominada “Casas del Islote” en donde se cuela una lengua de malpaís. Si conseguimos encontrar un tenue sendero que la atraviesa lo haremos sin dificultad; si no, deberemos andar por ese pequeño campo de lava cuidando de donde pisamos (nos daremos cuenta enseguida porque las sabias “gentes de antes” las llamaban Malpaís).

Tras este pequeño campo de lavas nos encontramos en una zona denominada los cascajos, cubierta por espinos de mar, tabaibas y más ejemplares de matabrusca. De frente tendremos el edificio de Risco quebrado (cerca de su base, a la derecha, hay un chalet muy bonito) y a su lado la Caldera Blanca. Andaremos unos 200 metros hasta llegar a la base y la recorreremos en dirección ENE, hasta encontrarnos dos pequeños promontorios pegaditos al camino. Frente a ellos veremos un tímido sendero que sube la ladera de la caldera y nos llevará zigzagueando a su cima. 

Cerquita del ascenso final a Caldera Blanca. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Cerquita del ascenso final a Caldera Blanca. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

El sendero que sube a la cima de la Caldera Blanca es muy fácil de andar y no entraña dificultad. Vale la pena subir y poder asomarse a contemplar el interior de un espectacular edificio volcánico. Se trata de una caldera originada por procesos explosivos producidos quizás por el agua del mar que se infiltró en la cámara magmática que nutría al volcán. Los geólogos creen que tras esas explosiones el edificio colapsó y quedó como lo vemos actualmente.

Las laderas exteriores e interiores están perfectamente pulidas y cubiertas de una costra de caliche. Cuidado el caminante aventurero que quiere salirse del camino y ascender por nuevas rutas, ya que el suelo no es de fiar. El conjunto presenta un diámetro medio de 1 Km aproximadamente.

Vistas desde Caldera Blanca. Alegranza y Montaña Clara, islas del Archipiélago Chinijo, en el horizonte. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Vistas desde Caldera Blanca. Alegranza y Montaña Clara, islas del Archipiélago Chinijo, en el horizonte. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

La vista desde la cima es espectacular: si miramos hacia el mar, a la derecha veremos todos los islotes que pasamos al ir caminando, los volcanes de Tinajo y mancha Blanca, la caldereta (al lado de la Caldera Blanca, como si de su hija se tratase). Incluso apreciaremos parte de los imponentes riscos de Famara. A la izquierda dominaremos los volcanes del Parque Nacional de Timanfaya y sus perfectas alineaciones y fantástico colorido. Y sobre todo admiraremos los grandes campos de malpaíses, aún en proceso de colonización, que hacen la delicia de investigadores de cómo la vida es capaz de conquistar, desarrollarse y florecer en esos lugares en apariencia desolados.

Panorámica de las Montañas del Fuego desde la cima de Caldera Blanca. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Panorámica de las Montañas del Fuego desde la cima de Caldera Blanca. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

Para finalizar la jornada puede uno andar por el borde de la caldera y disfrutar de las diferentes vistas. O incluso, si se ve con ganas, tratar de descender. Aunque debe hacerlo extremando la precaución. Existen algunos pequeños senderos y “caminos de cabras”, ya que hace tiempo las gentes bajaban allí a dejar los cadáveres del ganado muerto. Hace años tuve la suerte de pasar una noche allí y fue toda una experiencia, que algún día relataré.

Si se quiere disfrutar al máximo de la visita, vayan al atardecer. El colorido de los campos de lavas junto con el cielo quemado por los últimos rayos del sol, el envolvente silencio solo roto por el viento y el reclamo del alcarabán, inspiran al espíritu la calma y serenidad que solo la naturaleza puede dar.

¡Disfrútenlo!

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