Lanzarote bajo el Volcán: Travesía a la efímera Santa Catalina

Así vivimos el sendero a Santa Catalina, uno de los pueblos sepultados por el volcán en Lanzarote. Fotografía: Josechu Pérez Niz.

Lanzarote bajo el Volcán es la isla que quedó sepultada por el manto gigantesco de malpaís vomitado tras las erupciones de Timanfaya. Debajo de las coladas solidificadas y el valle de cenizas se esconde una veintena de pagos y pueblos. El de mayor dimensión fue Tingafa (con alrededor de medio millar de habitantes) y los hubo de apenas tres o cuatro casitas

Todos se encontraban en las sendas que tomaron los vómitos de lava de algunos de los episodios eruptivos más violentos del siglo XVIII: el Cuervo, Timanfaya, Pico Partido, el Señalo…El fuego sepultó casas, corrales, hornos de cal, ermitas, de lo que era uno de los mayores graneros de Canarias. Aquel vendaval de la naturaleza tiene una lectura obligada, “Lanzarote bajo el Volcán”, José de León Hernández (Librería Lanzarote). 

Sendero hacia el Volcán de Santa Catalina. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Sendero hacia el Volcán de Santa Catalina. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

Si el guionista tuviera que decantarse por uno de esos pueblitos sometido por el fuego para el desarrollo de una producción top, a buen seguro que elegiría Santa Catalina. Siguiendo el trabajo de De León Hernández, el film o serie de éxito transcurriría en Santa Catalina porque “(…) vivían en el momento de iniciarse las erupciones algunos de los mayores propietarios de Lanzarote, como Manuel González Guerra, El Capitán Roque Luis, la familia de los Marrero…”, pero sobre todo porque el pueblo era “un asentamiento de nueva creación, posterior a la Conquista y cuyo despegue definitivo (posiblemente) se produciría en los inicios del s. XVII con el reparto de terrenos indivisos y con la puesta en producción de nuevas tierras para la agricultura de exportación”. 

Y allá que fuimos en busca de Santa Catalina, un sábado de febrero del corriente. El punto de partida, un aparcamiento de tierra a las puertas de Montaña Corujo (mapa), normalmente sobrado de espacio, que curiosamente el día de marras presentaba overbooking porque ahí estaba desplegado un enorme contingente de una superproducción, de rodaje andaban por los alrededores,  “Foundation“. 

Plácido paseo

Uno se imagina que acceder a uno de los paisajes más espectaculares del planeta tierra, que es hacia donde nos dirigimos, a la sobrecogedora estampa de los volcanes de Timanfaya, va a suponer algo así como ir a la guerra con el churchilliano “sangre, sudor y lágrimas” tatuado en la frente y un cuchillo entre los dientes.  

Volcán de Santa Catalina, Lanzarote. Fotografía: Ramón Pérez Niz.
Vereda amplísima sin apenas desnivel. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

Pues resulta exactamente todo lo contrario: la placidez hecha sendero (descarga la ruta). De la sangre, el sudor y las lágrimas solo quedaron unas tímidas gotas de sudor (bien avanzada la caminata) y unas lagrimitas que nada tenían que ver con el drama sino que fueron producto de las risas. Del cuchillo entre los dientes, sin embargo, la nada más absoluta, si acaso un chicle. Imagínese el sobreesfuerzo que puede ir andando mientras masca chicle en plan sobrado, en plan MJ sobrevolando el cielo

Dígase pues, en consecuencia, que el grado de dificultad transforma una sugerencia en obligación: la de transitar por estos lares con los chinijos (naturales o visitantes) para que enriquezcan la retina y aprendan a cuidar la naturaleza lanzaroteña más salvaje. A ningún integrante de esta expedición (todas ellas víctimas de la EGB y BUP) lo pasearon por este paraje sobrecogedor y es que en aquellos años, en la escuela, apenas nos hablaron de ti, Timanfaya. 

Islotes, cenizas, fuentes de malpaís, palmeras

La llanura que te dirige al pueblito sepultado, no se sabe con exactitud el enclave aunque debe suponerse que cerca de la montaña del mismo nombre (mapa de la montaña Santa Catalina), es una sinfonía de islotes, fuentes de lava (monturros de malpaís apilados por la estrechez del paso entre cotas montañosas), piteras, aulagas y cenizas volcánicas. 

Dejando a nuestra izquierda Montaña Rodeo tomamos la vereda que nos situó al inicio de una tachuelita (pequeña cuesta ascendente en el argot ciclista) acotada por vinagreras que nos conduciría al borde de Montaña Santa Catalina. 

Senderistas en el entorno del pueblo sepultado de Santa Catalina.
Senderistas en el entorno del pueblo sepultado de Santa Catalina.

Elevados sobre el terreno recorrido, la perspectiva de lo acontecido hace casi tres siglos cobra un mayor impacto. Donde asola la desolación, riadas y riadas de malpaís en las que aparentemente lo único vivo es el liquen posado sobre ellas, en el pasado eran “algunas vegas agrícolas importantes (…) tierras de gran valor”, apunta De León en su obra. 

La avanzadilla económica y social de la zona explica que contara también, continúa De León, “con una ermita de mucha influencia antes de los volcanes (…) que llegó a competir con la ermita de Los Remedios (Yaiza) por la creación de Ayuda de Parroquia”.  

¿De dónde vino el fuego que arrasó Santa Catalina?

Ascendida la pequeña cota que nos invita a empatizar con aquella gente que sufrió aquel infierno, la pregunta es de cajón: ¿de dónde vinieron las llamaradas, las explosiones, las cenizas que tiñeron de negro el cielo, en definitiva, de dónde provino el fuego? Sorprende lo cerquita que estamos, así que resultaría ridículo volver sin apreciar la cadena de volcanes causante. 

Es cuestión de continuar la vereda de rofe y tropezar con la Montaña del Señalo, Pico Partido y Caldera Escondida en el horizonte. A propósito de la ingente cantidad de cenizas que compone la montaña que rodea este senderito, se trata de la Caldera de la Rilla (mapa de Google Maps de la Caldera de la Rilla que por error denomina Volcán de Santa Catalina), la gran jardinera de la lluvia de cenizas de La Geria. La veredita nos llevará a esta cumbre desde donde apreciaremos la raíz del vómito de cenizas. 

Llegando a la cima de Caldera de la Rilla. Fotografía: Josechu Pérez Niz.
Llegando a la cima de Caldera de la Rilla. Fotografía: Josechu Pérez Niz.

Ya en la cumbre, extasiados creíamos, se nos abre otra perspectiva de las lenguas de lava del Volcán del Cuervo, el de las Nueces, el perfil de Montaña Colorada…un brazo de territorio esculpido por el alisio de una belleza que acongoja. 

Decidimos rodear el cráter, la veredita se estrecha, pero resulta perfectamente transitable. Acertamos de pleno porque al caminar en dirección sureste-noroeste ganamos una nueva panorámica del terreno recorrido en los 40 minutos anteriores. Además de la postal más nítida del cráter de La Rilla, la fuente de malpaís entre esta y Santa Catalina aparece seccionada en diversas franjas, como si fueran raíles de un ferrocarril desbocado.  

La raíz de la Caldera de la Rilla.
La raíz de la Caldera de la Rilla.

Y saber que el fondo de este cráter expulsó cenizas que alcanzaron 8 kilómetros de distancia. Se te queda cara de pasmao. Por cierto, para aquellos escaramujos que quieren saber sobre la procedencia de los nombres. Se llama así, La Rilla, porque según informantes locales consultados por el erudito Agustín Pallarés “en el interior de su cráter crece esta hierba (rilla) que los campesinos del lugar usan como forraje para sus animales”. 

Así vivimos el sendero a Santa Catalina, uno de los pueblos sepultados por el volcán en Lanzarote. Fotografía: Josechu Pérez Niz.
Así vivimos el sendero a Santa Catalina, uno de los pueblos sepultados por el volcán en Lanzarote. Fotografía: Josechu Pérez Niz.

Siempre por la veredita, descendimos la Rilla y volvimos exactamente por el mismo camino por donde vinimos poniéndonos deberes: “toca leerse de una vez Lanzarote bajo el Volcán”. Y en ello estamos. 

Vivido: Sábado 26 de Febrero de 10 am a 1 pm aprox. 

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Llegando a la Playa de Las Conchas de La Graciosa Vista Espectacular de Montaña Clara Fotografía Ramón Pérez Niz
Lanzarote3.com, desde 2013 recorriendo Lanzarote en busca de su esencia. Fotografía: Ramón Pérez Niz.

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