El aparcamiento de Lagomar funciona como un mirador privilegiado: desde aquí el atardecer está a punto de posarse en el horizonte. Un centenar de viajeros, de ruta en guagua por la isla, apura el momento para cerrar la jornada con un broche de oro.
Nosotros, en cambio, escapamos de la multitud y ascendemos a pie por la estrecha carreterita que nos lleva a los pies de la antigua cantera. Desde este plano más íntimo se entiende mejor la magnitud de la obra de arte-naturaleza que tomó forma en la década prodigiosa, los años 70 del siglo pasado, cuando Lanzarote se subió a la ola del turismo reivindicando el binomio arte y paisaje como seña de identidad.
Así arrancó nuestra pequeña aventura en Lagomar…
Con la imagen cristalina de la antigua cantera de canto rojo de Nazaret, la misma que estuvo activa desde el siglo XVI y sirvió de cimiento a numerosas edificaciones lanzaroteñas, retrocedemos unos pasos hasta la desembocadura de la estrecha vía Jilguero. Ahora sí, nos adentramos en Lagomar por el portón de la Cueva, dejando a un lado la entrada del restaurante que normalmente da acceso al museo.
El blanco impoluto de los pasadizos contrasta con el granate de los morros de la vieja cantera y con el verde suave de los verodes, cactus y palmeras que echan raíces en los jardines de Lagomar. Descendemos al aljibe —hoy convertido en pasarela fotográfica— y alzamos la mirada al cielo. Wow!
A medida que avanzamos, el paseo por Lagomar deja ver con claridad la mano de Manrique: esa forma casi instintiva de integrar arquitectura y paisaje que aquí se vuelve evidente en cada curva, cada pasadizo y cada juego de luz sobre la roca volcánica.
No es casual. Este enclave, concebido en los años 70 como Oasis de Nazaret por el promotor Sam Benady, nació del tándem creativo que formaron César Manrique y Jesús Soto, capaces de transformar una antigua cantera en un espacio donde la naturaleza dicta el diseño.
Con esa idea en mente seguimos subiendo hacia la zona alta, guiados por la silueta recogida del bar La Cueva, un rincón perfecto para estirar la tarde… o la noche.
Los barman agitan la coctelera y el hielo despierta un tintineo fresco que se mezcla con la penumbra cálida del lugar. Las copas elegantonas llegan a la barra con ese brillo que invita a quedarse un rato más. La Cueva Lagomar es, al final, ese rincón perfecto donde cerrar el día… o prolongarlo sin prisas.
Descendemos la escalerita de La Cueva hacia un pequeño córner-terraza. Basta levantar el mentón para que todo encaje: el cielo abierto, los contornos de la cantera dibujando sombras suaves, las ramas que asoman como pinceladas y la Luna presidiendo la escena con una calma antigua. Un instante que se queda.
¿Te habíamos dicho que entramos a las 18:00 por el portón de la Cueva? Por si acaso, insistimos: 18:00 en punto. Esa hora es un pequeño eslabón perdido. El trajín de visitantes del museo ya va de vuelta a sus alojamientos y quienes vienen a cenar al restaurante o a mover la cadera en La Cueva aún no han llegado.
Resultado: de 18:00 a 19:00 serás un privilegiado recorriendo Lagomar de arriba abajo, salvo las zonas cerradas del museo. Sí, te pierdes algunos rincones por no comprar la entrada, pero también te ahorras los 10 euros del ticket… que bien pueden reconvertirse en un gin tonic en La Cueva.
Un aroma a brasas se mezcla con el cielo rosáceo de Nazaret, mientras el personal pule las mesas para el turno de cena. La humedad se acurruca en los cantos de la cantera, y la terraza parece un imán que invita a detenerse, a saborear Lanzarote mientras la postal de Lagomar se despliega ante los ojos como un cuadro vivo.
Preguntamos si podemos sentarnos un momento para sacar una foto desde la mesa. El jefe de sala, con una sonrisa que ilumina la penumbra de la terraza, responde:
—¡Y dos fotos si quieres… claro!
Añade, como dejando que el aire se llene de orgullo y complicidad: “Es un lugar único en el mundo”. Y mientras nos acomodamos, la vista de Lagomar al atardecer parece concedernos un instante casi secreto, solo para nosotros.
Del portón de acceso a La Cueva al del restaurante hay unos 40-45 minutos de contemplación serena. Lagomar invita a caminar despacio, a descubrir sus vericuetos, pasadizos y miradores con los ojos bien abiertos. Salimos al aparcamiento y la noche va ganando el pulso al atardecer, aunque algún último rayito naranja todavía se aferra al horizonte.
Volvemos a la Calle el Jilguero, al morro situado a solo unos pasos de la vieja cantera. Cae la noche sobre Lagomar, y mientras se apaga la luz, imaginamos el montaje del vídeo que acompaña esta crónica, con “Timplango” del gigante Ramos como banda sonora: la música perfecta para un paseo que se siente como un instante suspendido entre roca, cielo y memoria de la isla.
Vivido: viernes 28 de noviembre de 2025 entre las 18:00 y las 19:30.
Planifica tu visita a Lagomar al atardecer. Todo lo que necesitas para recorrer este enclave único sin perder detalle:
⏰ Portón de La Cueva: abre a las 18:00; mapa.
La Cueva Lagomar: copas y ambiente; de martes a domingos de 18:00 a 24:00.
️ Restaurante Lagomar: cena frente a la cantera; de martes a domingos de 18:00 a 23:00.
️ Aparcamiento: mapa del aparcamiento.
+INFO: Museo LagomarAMP