El Camino de Santiago de Gran Canaria es el único itinerario jacobeo homologado fuera de la Europa continental, gracias a una bula papal otorgada en 1965. El trazado oficial conecta los pueblos de Tunte y Gáldar, que alojan en sus cascos históricos sendas iglesias dedicadas al apóstol. Sin embargo, muchos peregrinos deciden comenzar su travesía desde el Faro de Maspalomas. Eso hicimos.
El Faro de Maspalomas, sus dunas y su oasis. La Caldera de Tirajana, preñada de cardones y vinagreras gigantescas. Sus muchos puentes. La Necrópolis de Arteara y sus mil palmeras. Los tejados de las casitas de Fataga. Los adoquines de Tunte. El caserón de Rural Suite Tunte. La carne de cabra del Bar de las 4 Esquinas.
Aterrizamos en Gando, tomamos la guagua 66 directa al Faro de Maspalomas y, tras comprar agua en el primer supermercado, nos atamos los cordones y pusimos los cronos en marcha. Todo bajo la espigada figura del faro que guía los mares atlánticos desde el 1 de febrero de 1890. (Historia del Faro de Maspalomas)
Iniciamos el Camino de Santiago de Gran Canaria evocando la travesía de aquellos marineros gallegos que se las vieron y se las desearon en alta mar: “Cuenta la leyenda que, a finales de la Edad Media, un barco fue sorprendido por una gran tormenta al sur de Gran Canaria. A bordo viajaban marineros gallegos, devotos del Apóstol Santiago. Tras sus plegarias, lograron salvar la vida y cumplieron su promesa: llevar la figura del santo a lo más alto de la tierra que habían avistado”.
Lo más alto que alcanzaron con la vista fueron las montañas y acantilados de Tirajana, donde se levantó una humilde ermita dedicada al Apóstol Santiago, pronto convertida en lugar de peregrinación. Con el paso de los siglos, la imagen viajó a la Iglesia de Tunte, donde descansa desde 1850.
Allá que vamos, caminito a Tunte, enfilando nuestros pasos hacia la Caldera de Tirajana, mientras el turisteo pasea por la playa y el bulevar que bordea el Oasis de Maspalomas. Un ecosistema único que combina palmeral, charca y dunas, hogar de una valiosa biodiversidad donde conviven aves migratorias, insectos endémicos y una flora resistente al viento y la sal.
Ojito, que nos adentramos en la enorme depresión de la Caldera de Tirajana, un anfiteatro natural de 35 kilómetros cuadrados rodeado por riscos imponentes donde se condensan los tres ciclos magmáticos de Gran Canaria.
Las formaciones más antiguas se remontan al Mioceno, entre 9,5 y 14,5 millones de años. De esa época datan las coladas tabulares de fonolitas, con sus característicos tonos verdes y grises, y las ignimbritas rojas que asoman con fuerza a lo largo del barranco de Fataga y en el flanco occidental de la caldera.
Por delante, una docena de kilómetros entre cardones gigantescos, tabaibas y vinagreras XXL. La pendiente, gradual y sostenida, se deja llevar hasta la boca de entrada a Arteara, el siguiente núcleo habitado tras dejar atrás el bullicio turístico de Maspalomas.
Nuestra senda, la S-54, está perfectamente señalizada: postes, paneles informativos y, cómo no, la flecha amarilla que guía a los peregrinos desde tiempos antiguos por el Camino de Santiago de Gran Canaria.
Tras el Faro y el Oasis, el siguiente hito del camino son los Muchos Puentes: un acueducto adosado a los costados rocosos de la Caldera de Tirajana, levantado piedra a piedra por auténticos titanes cuyo propósito era llevar el agua hasta los habitantes de Maspalomas.
Aminoramos el paso. Alzamos el mentón. Y, boquiabiertos, contemplamos la magnitud de esta obra que desafía el vacío y el tiempo…
Inmersos en la Caldera de Tirajana, coincidimos en la semejanza con el Barranco de Tenegüime, al noreste de Lanzarote. Ambos comparten ese aire de grandeza mineral y de paso hacia la altura: Tenegüime, antesala de las Peñas del Chache, y la Caldera de Tirajana, preludio del Pico de las Nieves, techo de la isla canariona.
En la aparente nada, en plena naturaleza salvaje del Parque Natural de Pilancones, emerge un florido vergel. Entre la tupida vegetación y los robustos ejemplares de phoenix canariensis, la elegante palmera canaria, asoman los caserones diseminados que anuncian la llegada al Barranco de Fataga, un oasis verde que rompe la aridez del sur grancanario.
Erguidas y fachentas, las palmeras dominan el escenario desde tiempos inmemoriales. Las primeras referencias a los palmerales del sur grancanario quedaron registradas por Plinio el Viejo en el siglo I de nuestra era, testimonio temprano de este paisaje que sigue deslumbrando dos milenios después.
No solo las palmeras llevan milenios por estos lares. A unos pocos pasos del sendero aparecen los vestigios de los primeros pobladores de Gran Canaria, que habitaron la Caldera de Tirajana siglos antes de la llegada de los conquistadores europeos.
A los pies del caserío de Arteara, en pleno corazón de la Caldera de Tirajana, se extiende uno de los yacimientos arqueológicos más impresionantes de Gran Canaria: la Necrópolis de Arteara, un espacio funerario milenario que ocupa cerca de dos kilómetros de largo por uno de ancho. Los peregrinos podrán admirar el lugar desde un mirador elevado sobre el escenario.
Construida sobre un antiguo malpaís, esta vasta necrópolis aprovecha la abundancia de piedra suelta y la dureza del terreno para dar forma a más de un millar de túmulos funerarios. Cada uno de ellos protege los restos de los antiguos canarios, algunos individuales, otros colectivos, en estructuras de piedra volcánica que adoptan formas troncocónicas u ovoides según el relieve.
Según explica el portal científico Memoria Digital de Canarias: «…los cuerpos se depositaban sobre el suelo o sobre tejidos vegetales, y se cubrían con lajas de fonolita rojiza que conformaban la parte externa del túmulo. En el sector sureste se han hallado enterramientos especialmente antiguos, datados en el siglo V a. C., lo que sitúa a Arteara entre los testimonios más tempranos de la vida en la isla».
Una antigua muralla de piedra seca rodea el conjunto, subrayando el valor simbólico y espiritual que este espacio tuvo para los antiguos habitantes de Gran Canaria. El contraste entre la dureza basáltica del terreno y el verde palmeral del barranco acentúa la belleza de un lugar donde la historia y el paisaje se funden de forma sobrecogedora.
La estrecha vereda conecta el Mirador de la Necrópolis con la frontera del pago de Arteara, custodiado por altísimas palmeras y una colección de tuneras en la que anida la cochinilla, ese insecto preciado en tiempos pretéritos para extraer el carmín.
Llegamos al “paradise” de Arteara tras 17 kilómetros de caminata. Un merecido kit kat —a base de albóndigas, pan, tortilla y frutos secos— devuelve la energía a tres bastones y un destino.
Coquetas casitas de piedra y madera, tejados de teja en tonos de naranja suave y estrechas callejuelas por las que se cuela el alisio, haciendo resonar las hojas del palmeral en una sosegante banda sonora. Arteara es paz absoluta.
Apetece poner una pica bajo una sombra, abrir un buen libro y leerlo en posición horizontal mientras el aleteo del palmeral te adormece. Sin embargo, toca levantar el vuelo —las piernas, para ser exactos— y reanudar el camino hacia Tunte, destino que obliga a llegar antes de la puesta de sol. Un detalle crucial a la hora de planificar tus etapas del Camino de Santiago de Gran Canaria (consultar horario de la puesta de sol).
En la salida del pueblo, justo frente al Camel Safari, el Camino de Santiago retoma su curso y empieza a mostrar los dientes. A partir de este punto, la ruta se endurece para ganar altura por la empinada Cañada de los Caserones.
Sin prisa, pero sin pausa, sorteamos el terreno que nos conduce hasta Fataga, el encantador pueblito de tejados rojizos, artesanía popular y alma de cruce de caminos.
Hay un bar junto a la gasolinera del pueblo donde despachan quintos de cerveza y menú del día. Un alto perfecto para la segunda —y última— parada de la jornada senderista. Quizá por efecto de los quintos, nos liamos y, en lugar de bordear la iglesia hacia las entrañas de Fataga, tomamos la cuesta equivocada y perdimos el rumbo.
Menos mal que uno de los tres tiene dotes de sabueso. Varo De Castro olfatea el terreno, lo interpreta y da con la solución. «Muéstranos el camino, Sensei, ¡qué grande eres, De Castro!».
Reincorporados a la vereda S-54, encaramos la segunda tachuela del día: la Cuesta de Fataga. Se agradecieron las nubes, porque el ascenso —largo y tortuoso— exige piernas y paciencia. Son cuatro kilómetros de subida intensa bajo un bochorno persistente: apenas corre el aire por esta zona, el alisio se detiene en la cumbre. Solo arriba, en una planicie de pinos, encontramos alivio… y a Tunte a nuestros pies.
Tunte. Una imagen de San Juan, desniveles que evocan al Angliru, calles adoquinadas, caserío señorial y, cómo no, otro bar en la esquina: Bar las Cuatro Esquinas.
A escasos pasos —literal— del final de la primera etapa del Camino, detrás de la iglesia de Tunte, nos esperaba Rural Suite Santiago de Tunte, un alojamiento con alma: acogida, encanto, cercanía, naturaleza y descanso.
Ubicado en el corazón del histórico pueblo de Tunte —antiguo asentamiento aborigen y actual capital de las Tirajanas—, este complejo rural combina el respeto por la arquitectura tradicional con el confort moderno.
Nos alojamos en el Apartamento Pancho Guerra, amplio, luminoso y con vistas a la montaña y al caserío de Tunte. Dispone de cocina equipada, baño completo, salón-cocina y una pintoresca buhardilla de madera con cama doble.
¿Recuerdan que en la expedición había un hurón? Varo De Castro entró al Pancho Guerra, interpretó el terreno, ascendió la escalerita de madera y se hizo con la buhardilla. ¡Merecida!
Perfecto para grupos o familias (hasta 6 personas), con detalles que se agradecen tras una jornada intensa de senderismo: toallas suaves, aire acondicionado, calefactor, Wi-Fi y silencio.
Desde 90 €/noche
Detrás de la iglesia de Tunte – San Bartolomé de Tirajana
Rural Suite Santiago de Tunte: Web oficial de Rural Suite Santiago de Tunte
Contacta por WhatsApp con Rural Suite Santiago de Tunte: +34 669 029 814
Aseados y reconfortados, estiramos las piernas por el centro del pueblo y aprovechamos que la iglesia estaba abierta para la misa de las 18:30. Entramos a saludar a Santiago el Chico, que nos aguardaba en silencio bajo la luz tenue del atardecer.
En el casco urbano hay una pequeña tienda, pero si te la encuentras cerrada —como nos ocurrió a nosotros— siempre queda la tiendita de la gasolinera DISA de Tunte. Allí aprovisionamos el agua del día siguiente antes de acomodarnos en la terraza exterior del Bar de las Cuatro Esquinas (mapa): ropavieja, estofado y una carne de cabra para chuparse los dedos.
La jornada terminó con una última tertulia en el patio interior del Rural Suite, donde coincidimos por primera vez con Lorenzo y Giulia, dos jovenzuelos italianos que, como nosotros, van en pos de Gáldar.
Varo se retira a su buhardilla —es un señor—, mientras los otros dos bastones descansarán en la planta principal del apartamento. Más pronto que tarde, porque mañana toca madrugar: el amanecer será a las 6:00, justo cuando la Tarta de Santiago de la Panera de Tunte empiece a salir del horno.
“Sí, yo me encargo”, dijo el más responsable del trío, comprometiéndose a poner el despertador para ir en busca del dulce.
Dale al play y recorre el Camino de Santiago de Gran Canaria de sur a norte, del Faro de Maspalomas a Gáldar.