Ocho pieses y un destino. Resumiendo mucho (muchísimo más bien) ese podría ser el título de la travesía entre Ferrol y Santiago de Compostela, el conocido como Camino Inglés, el que emprendían desde principios del pasado milenio los peregrinos (viaje en barco mediante) de Inglaterra, Escocia y Gales al encuentro del Apóstol Santiago. En plata, una de las variantes clásicas del Camino de Santiago.
Al contrario que los anglosajones en sus barcazas atracando en el viejo puerto ferroliano, los ocho pieses salieron de Lanzarote en avión en busca del kilómetro 0 en la ciudad naval por excelencia, aterrizando previamente en el Aeropuerto de La Coruña cuya torre de control deja a las claras que si se precisase recuperar electrolitros tras el esfuerzo…Estrella Galicia.

El chófer que nos alcanzó a Ferrol también nos habló con claridad: puso tan mal a la ciudad tras su época dorada y boyante que por un momento pensamos que haríamos noche previa en…Arrecife. Ciertamente, tras el chekin y los primeros pasos por el casco histórico para buscar condumio del bueno, comprobamos que vale, que puede ser que no esté reluciente e impecable, sin embargo, quien tuvo…retuvo, y viniendo de la pretendida ciudad patrimonial de Arrecife, Ferrol nos vale y mucho.

Las calles adoquinadas por el gentío sediento de vinos y cañas, de zamburiñas, revueltos, croquetas, pulpo…el tiempo acompaña, unos agradables 22-23º, y el peninsulismo es así: cultura de echarse a la calle y disfrutar desde que se den las mínimas condiciones. Procedimos en O Pincho, sugerido por la sonriente y amabilísima recepcionista del hospedaje. Todo un acierto.
Podíamos «descarrilarnos» nada más llegar, pero conscientes de que no tenemos 20 primaveras nos portamos bien y digerimos las viandas con un apacible paseo por el casco que estaba engalanado, vestido de fiesta, con sus pruebas de sonido para el par de buenos conciertos programados para la noche de agosto, y su iglesia esbelta y monumental.

Al día siguiente, plas, la primera en la frente, esperaban 30 kilómetros, distancia que en ese momento nos separaba de Pontedeume donde descansaba la meta de la primera jornada de caminata. Pactada la hora de partida (una expedición demócrata y democratizadora), influenciada por el momento de apertura del desayuno en el hotel, la distancia a recorrer y el tiempo de secado de pelo de la rubia de la expedición, a dormir que la vida es sueño como decía Calderón.
Día 1: De Ferrol a Pontedeume
Una leve carraspera me acompaña desde el alba. Es producto del aleteo de las mariposas que revolotean en el vientre desde hace semanas, pero que ahora, a escasos minutos de efectivamente echar a andar, intensifican su vuelo. Pies embadurnados de vaselina para prevenir la gestación de ampollas, botas atadas, encremados hasta la coronilla aunque lleváramos sombrero, fruta y frutos secos incorporados en el bolsillo superior de la mochila, punto cero y venga «pon el crono, Lo…y por cierto, qué seco tienes el pelo».

116 kilómetros por delante, tela marinera a cortar o dividir en cinco etapas. Demasiado sonrientes…por ahora. Como podrán suponer, en the long and winding road to Santiago habrá de todo: sonrisas, sí, y carcajadas, muchísimas, alguna lágrima producto de la impotencia («Dios mío, que esto acabe ya»), suspiros, amaneceres que desentumecen el alma, guisos reparadores, postales y pinares, camposantos, brindis por las ocasiones más ñoñas…

Soltamos las piernas por el casco histórico de Ferrol, coincidiendo con la apertura de su mercado donde toman forma y color los mostradores con nécoras, vieiras, pulpos, y la viva marcha de una cuadrilla militar que rompe a sudar tras la diana alrededor del amplio paseo que circunda el muestrario naval de la ciudad.

Al salir del casco histórico tomamos la Avenida del Mar pasando por la playa de Caranza para definitivamente dejar atrás Ferrol y atravesar el monótono polígono industrial de Gándara. Sin duda los kilómetros más insulsos de todo el Camino Inglés, por mucho que tengamos la Ría de Ferrol a nuestro lado. El tedio lo superamos cuando alcanzamos el entorno del Monasterio Románico de San Martiño de Xubia, alzado en el Siglo XII.



Hasta superar Xubia y Neda, aproximadamente sobre el kilómetro 17, nos nos adentraremos en las veredas que esperábamos más propias del Camino de Santiago, rebosantes de vegetación, aroma a millo y hortensias.



A lo bobo, así como que no quiere la cosa, llevamos más de 20 kilómetros haciendo camino al andar y la carga va pesando. Hemos vuelto a terreno urbano tocando Fene y el polígono Vilar do Colo, pero pronto volvemos al bosque antes de divisar el Río Eume, su puente y el atractivo pueblo de Pontedeume.

Antes de depositar nuestros huesos en sus vías adoquinadas, leímos que a apenas dos kilómetros del pueblo, perpendicular al inicio de los arcos del puente hacia la costa, descansaba la bonita playa de La Magdalena. ¡Allá que vamos!

A estas alturas de la etapa, cuatro pieses van por un lado, y los otros cuatro por otro, diferentes ritmos y maneras de afrontar el valle final de cada etapa. El posado firme de la chica del bastón resulta inversamente proporcional al destrozo que soportan sus piernas. En el límite, endebles, precisan de crioterapia natural.

«Muchacha, ¿dónde andas?», pregunta un par de pieses al otro. Un audio de voz apagada, exhausta, «nos vamos a la pensión directamente, qué va, no llego a la playa», responde. Como una imagen vale más que mil palabras, una fotografía y un breve comentario: «Aquí resucitas, déjate de hostias».

Vinieron y hubo baños. Aquí, como en todo, cada cual a su forma y manera. Hubo quien no pasó más allá de la cintura, hubo quien se dio un baño, otro que dos y otro que tres. Sí, este Atlántico es el mismo Océano que baña las Afortunadas, de donde venimos, pero es otro, está helado, y cuesta lo suyo avanzar mar adentro. Sin embargo, resulta reparador, la sangre vuelve a circular y las piernas, efectivamente, resucitan. Al pie de estas líneas la rubia que no quería venir a la playa tras el chapuzón.

Los baños, el chiringuito de La Magdalena y las 0,0 tostadas de Estrella conformaron la guinda a una dura jornada que aún no había concluido, pero ya llovía menos. La peli se veía de otro color. La única duda, ¿habría que esperar a que se le secara el pelo? ¡No!
Extremidades en marcha again, cruzamos el puente y alcanzamos la pensión, cuqui no, lo siguiente, muy top, incrustada en pleno centro histórico, ducha, acicalada y comer como champions en Casa Luis. Sí, a todas estas, más de las 5 pm y todavía no hemos comido: a base de agua, plátanos, peras, manzanas y popurrí de frutos secos.

Acicalados y perfumados, joer, parecemos otras criaturas ahora, nos encaminamos a Casa Luis donde queremos darnos un festín. «Venimos porque nos han dicho que aquí se come de cine», comentamos alegremente al señor de la posada al tiempo que le solicitamos mesa, «eso lo tendrá que decir usted», responde con sabia retranca gallega. Comida casera, sustanciosa y sabrosona. Compartimos, pero a mí se me antojó caldo gallego para abrir boca. «Lore, ¿te gusta el caldito? Pues cómprate uno». El caldo pa mí solo. ¡Deliciosamente superior!

Compartimos vivencias, sensaciones, licores y proteína puramente gallega…»¡Échale pimentón al pulpo, Fernández!». Definitivamente, entre el trío de baños en La Magdalena y estos manjares del mar y la granja somos another people.

Un último tinto apuró la sobremesa más allá de las 21:00 en una noche templada en la que todavía reinan los penúltimos rayos de sol. Toca recogerse, que mañana serán otros 20 kilómetros con rumbo a Betanzos y su tortilla poco hecha, su vaca rubia…Dios mío, recién cenados y ya pensando en la cena de mañana. ¡Qué enfermedad!
«Buenas noches, chicos…¡Dios les guarde! ¡Ciao, Baby!». Bromas rutinarias para arrancar risas bobas, las mejores sin duda.
Vivido: Viernes 26 de Agosto de 2022.
Día 2: De Pontedeume a Betanzos
El alojamiento era tan cuqui como cuqui resultó el desayuno. Fundamental tener el depósito cargado porque el inicio de la etapa viene empinado. Adoquines cuesta arriba y con freno, rompimos a sudar a las primeras de cambio, pero ya se sabe, la letra con sangre entra, el esfuerzo tiene recompensa con un amanecer portentoso sobre la estela de Pontedeume.


Ahora sí que sí. A pesar del tramo de asfalto inicial, este es el Camino que barruntábamos. Pista estrecha entre verdores, campos de millo y sus hórreos, girasoles, parras en altura, burros y vacas pastando…un festín.


¡Chiquita buena onda! Hay que capturar estos momentos porque esas caritas, y sobre todo esas sonrisas, derivarán en otros rostros…y en 0 sonrisas. Por ahora, las cousins hacen la señal de la victoria.

Vamos ligeros tras el ascenso inicial y en las dos primeras horas de caminata cubrimos más de un tercio de la travesía del día, unos 8 kilómetros. Momento propicio para un avituallamiento en una cafetería con jardín-terraza en la que su propietaria cuida de todo detalle.

Serán tres tandas de peregrinos las que desfilen por su coffee «los más madrugadores, el grueso sobre las 10 y media-11, y los más remolones sobre la 1». Y para tener todo a punto a las 6 am en planta cada mañana, que no le duele lo más mínimo «porque sirves porciones de felicidad».

Este gustito por hacer las cosas bien fue la tónica general con la que tropezamos en todo el viaje. Gente que ama servir y que lo transforma en arte. La respuesta del usuario es de cajón: consume más.

Ahí seguían las cousins, sin perder ripio, mirando las cositas chulas de los expositores de souvenires, sellando la cartilla, «muchachas, vamoooosss», nos atrevemos a sugerir porque el sol terminará elevándose y habrá nuevas cotas que afrontar.
Esto también es de cajón, a menos calor (cuanto más temprano) más llevadero será el sacrificio. «Pero vamos bien, ¿no?», pregunta una mascando chicle; «sí, pero no nos durmamos», responde otro mascando tabaco.

El que mascaba tabaco a lo Clint Eastwood hablaba con propiedad y memoria (permítase la redundancia). Esta no era la primera vez que hacía el Camino y recordaba a la perfección que a partir de las 12 del mediodía el sol peninsular de agosto…quemaba, y al contrario que en Lanzarote, donde el alisio alivia la sensación térmica, aquí no hay viento alguno que evite el sofocón. Así que venga, a caminar.
Superamos el Concello de Pontedeume y nos embarcamos en el de Miño. Los primeros pasos transcurren por Viadeiro y Outeiro para terminar dando con nuestros pies y bastones en esta preciosidad de puente que se eleva sobre el Río Baxoi bajo custodia de helechos y frondosa arboleda.
En Miño pasa, además del Río, el ferrocarril y su planta urbanística guarda un orden a pesar de su alocada paleta de colores.


Toca seguir cruzando ríos, en este caso el Río Lambre por el Ponte de Porco. Como ayer en la Magdalena o como en otras playas gallegas y asturianas, no deja de sorprendernos la cercanía de tanto verdor alrededor del mar y las rías.

La quietud (aquí no se mueve una rama) y la subida al séptimo cielo del Rey Sol se unen en comandita para hacer mella. Va pesando el andar cuando salimos de Paderne y nos recibe una buena rampa, zigzagueante, que obligará a un segundo avituallamiento y entre mosdiscos de fruta y tragos de agua uno de los grandes debates de la expedición: ¿uno o dos coches en casa? Is it possible?

Se notaba que el calor apretaba ya, por lo que pausamos la discusión (creo recordar que a favor de Fdez & Pérez) y seguimos dándole carrete a los pies en una etapa más corta que la de ayer, 10 kilómetros menos, pero muchísimo más exigente. Sin embargo, compartiendo momentos y fuentes, no hay queja, todo lo contrario.


Alguna sombra permitirá algún comentario, breve, corto y conciso. No obstante, la expedición lleva un tiempo inmersa en eso que dan en llamar «valle», esa zona en la que cada paso cuesta un poquito más que el anterior, y que aparecerá tarde o temprano en cada etapa.
En ocasiones puede surgir cuando falten dos kilometritos, y en otras, como hoy, cuando aún queden 5-6 kilómetros por delante. No queda otra que resoplar y seguir andando. Y eso hicimos, claro. Hasta que por fin vimos la luz, y la cruz.

Llegamos muy justitos a Betanzos y al ver el Río Mandeo, por fin, respiramos de alivio.

Aún así, en pleno corazón de Betanzos, vuelve a empinarse el adoquinado…y a ver quién sonríe.

Es la Rúa de Prateiros que desembocará en la gran plaza de los hermanos García Naveira, aledaña al gran espacio monumental de Betanzos. En una de sus vías adyacentes descansa nuestro alojamiento que nos recibe con té helado que sienta de maravilla mientras se procede al chequeo.
Ha sido una pechada importante y sin embargo el cuerpo responde necesitado de agua y electrolitos, pero puede esperar por el condumio. Ocurre que el horario de Casanova nos obligará a esperar a las 20:30. Valdrá la pena la espera. Mientras tanto, ducha fría, piernas en alto, cremajes antiinflamatorios, ver la Vuelta España de ciclismo y a partir de las 6 pm, paseo imperial por la Betanzos monumental…


Y nos dieron las 6, las 7 y las 8…y abrió Casanova, guarecido con vistas a la plaza principal, a la feria y a los carricoches. ¿Qué pasa cuando tus mejores expectativas se quedan cortas? Pues que se te pone una sonrisa dichosa, de oreja a oreja…¡bestial Casanova!

Pedimos la famosa y babosa tortilla de Betanzos y como era pura lógica, la metre, una súper clase al mando de la sala dicho sea de paso, advirtió que si había alguien en la mesa a la que hubiera que hacérsela al punto la operación era tan sencilla como solicitarlo.
Contrastaba la lógica con la guardiana de las esencias que nos hizo el check in en el hotel, quien guardiana de las esencias del reino betanziano nos vino a decir que venía a ser algo así como casi un pecado. Las tradiciones, sus guardianes y sus purezas: antesala del totalitarismo.
Punto y aparte, volvamos a la mesa y a la tortilla, a una empanada sutil, a la chuleta de vaca rubia y a unos bastones rellenos para quitarnos el gusto. Todo regado de buena cerveza tostada y vinos. ¡Del 15!

Vuelta a sonreír. El Camino tiene mucho de montaña rusa, de subidas y bajadas, de picos extasiosos y descensos a los infiernos. Ahora, con la noche perfilándose sobre la feria de Betanzos, estamos de subidón.
Creo recordar que el payaso del grupo deambulaba a lo Travolta al tiempo que descolgaba el auricular de una vieja cabina de Telefónica, aunque tal vez me falle la memoria. Imaginen el calor padecido que vamos a poner el despertador a las 6:30 am. «Buenas noches, gente. Ciao Baby! ¡Dios les guarde!».
Vivido: Sábado 27 de Agosto de 2022.
Día 3: De Betanzos a Bruma
Desde el check in ya sabíamos lo que desayunaríamos al día siguiente. Nos ofrecieron un listado al que íbamos marcando cruces: zumo de naranja, cereales, sandwiches, croasanes…señalando en la fichita tu nombre y la hora. 6:30 am era la hora y la cajita, cada una la suya, en nuestra mesita. Hablamos, en teoría, de un 2 estrellas.

Siguiendo su labor filantrópica emprendida a principios de Siglo XX en Betanzos, los hermanos García Naveira marcan el rumbo a los caminantes. Serán 25 kilómetros con destino a Bruma e hicimos bien en acortar el descanso. No queda otra, pues, que echarse a andar al alba, cuanto más tempranito…más mejor.

Enseguida salimos a campo abierto y a la altura de la vía del tren va alzándose el amanecer entre suspiros y onomatopeyas «ossss!».


Apretará el calor y conviene aligerar el paso. No lo sabíamos, sin embargo íbamos a tener un fisco de suerte: sería la jornada más protegida por el bosque. Buena parte de la travesía transcurriría a cubierto bajo las ramas y hojas de una especie de Laberinto sin Fauno pero repleto de cuervos.
El ambiente rural invita a las más variadas conversaciones. Divinas, «¿qué será de quienes toman el testigo?» (los niños que criamos), y humanas, «¿quién ganará el US Open?». Las chicas no sé porque son cousins desde que nacieron, pero quien esto firma dio una buena vuelta de tuerca a los lazos con Fernández. Otro intangible del Camino, qué duda cabe.
Siguen las andanzas rondando el enésimo camposanto, pulcro hasta el extremo, vacas que pastan relajadas en la huerta, casitas preciosas custodiadas por duendes, manzanos y un puñado de manzanas colgando, maderas que darán leña, fuego, calor para hacer frente al largo invierno.


En una de esas casitas custodiadas por duendecillos, especialmente bonita, aprovechando que su propietario riega su jardín, a grito pelado: «impresionante hogar, señor». El piropo interrumpe el riego y va padentro y sale con cuatro manzanas y hablamos brevemente y nos cuenta el trabajo «como petudos» de décadas en Ferrol para por fin poder juntar las perras ahorradas y levantar una casita lejos del mundanal ruido donde plantar manzanos y algo de millo para entretenerse, y tertuliar a diario un rato.
¿Qué es la vida si no? Hay quien se queda a un paso de cumplir el sueño.

Sumamos kilómetros y a estas horas, ya con el sol plenamente elevado, empieza a apretar la humedad. Entre ella, el cansancio acumulado y la belleza del lugar, liberado de coches, ruidos y humos, caigo en la cuenta de que, oh, paradojas, apenas disparé la cámara.

Las cuestas no son pronunciadas, pero sí que son constantes las bajadas y las subidas. En la conversación, es impepinable, surgen comparaciones. «Más duro que ayer y anteayer», «menos exigente, pero es que se nota ya el cansancio acumulado», «nunca pensé que echaría de menos el viento».

A la rubia se le están poniendo los mofletes encarnados, señal inequívoca de que estamos tocando fondo. Recuerda a cuando jugaba a pádel con Cousin Zape y hacía más kilómetros que Martín Fiz.
El valle, el temido valle, llega en el entorno de Bruma donde oh, casual, también están de fiesta, y ellas y ellos salen de los hogares perfumadas y coloniados y nosotros, ya ven, empegostados de sudor y crema solar.

A duras penas (más alma en pena que duras las piernas) alcanzamos el minúsculo pago de Bruma en la que descansan el bar-restaurante, el albergue y apenas un puñado de casitas.

Cada pareja afrontó la recuperación como bien estimó oportuno y buenamente pudo. Hubo quien comió tras la ducha, hubo quien volvió a aguantar hasta la merienda-cena. Ducha, cremajes y a juntar un par de letras que pasaron por la cabeza en las últimas zancadas de la etapa.
"¿Qué coño hago aquí?"
Cuando las piernas lleven engarrotadas más de la cuenta y golpeen a la puerta de tu resistencia insistentemente “toc, toc, toc, toc”, será cuando te preguntes “¿qué coño hago aquí?”.
La cuestión no es baladí, ni gratuita. Te encuentras lejos de tu hogar, sudas a mares, el calor abruma y huele a pastuño de vaca. Por supuesto se te ha olvidado el aroma a eucalipto, la estampa entrañable de los hórreos, el fino ladrillo que ofrece abrigo a la casa terrera, los pinares, el canto de los cuervos que acechan, el aperitivo risueño en aquel mesón y hasta las risas generadoras de agujetas en el abdomen.
Todo borrado, eliminado, bloqueado, cancelado. Ahora mismo quieres dar el último paso, que concluya ya pero ya esta tortura gratuita, y cada vez que lo piensas más lento es tu siguiente paso, y más acusada y pronunciada la agonía, y vuelta a empezar…”¿qué coño hago aquí?”.
Es la meseta de tu etapa santiaguera, el hombre del mazo que acecha como el cuervo, y golpea con independencia del nivel de preparación con el que vengas. Tarde o temprano, llega.
Y hete aquí que alcanzas a dar el último paso. Descargas la mochila de tu loma, te descalzas, te remojas en la fuente aledaña al albergue, suspiras, a duras penas logras empezar a estirar tus piernas (básico para la etapa del día después que comienza aquí, oxigenando la maltrecha musculatura), bebes agua sin freno…
Y hete aquí, decía, que poco a poco el “¿qué coño hago aquí?” va difuminándose y el olor a caca de vaca, a bullshit, se sustituye por la imagen del señor con sus ovejitas rodeado de berzas, el baño de sudor es una anécdota barata comparada con el chapuzón en el río, y en definitiva todo lo malo, los dolores, termina borrado, eliminado, bloqueado, cancelado, y emerge, para quedarse, todo lo bueno que trajo dejarse las piernas por territorio galego.
A la hora del almuerzo-cena el “qué coño hago aquí” ha mutado en “a qué hora salimos mañana”.
Vivido (y pensado): Domingo 28 de Agosto de 2022.
Día 4: De Bruma a Sigüeiro
¿Que a qué hora nos íbamos a levantar mañana? Temprano, forever soon, so soon. Tan en el olvido quedó el sufrimiento, ¿qué les dije, eh?, que ya andamos muertos de risa sin prácticamente haber levantado el pie del suelo.

No estoy seguro, pero creo que fue hoy cuando me dio por intentar hablar con acento gallego en toda la etapa. Mitad Zelig (el hombre camaleón, sin personalidad, de Woody), mitad querencia por vivir mil vidas en una, se me pegan los acentos y me pongo a ello, entonces empiezo y el fin llega cuando cousin Zape me dice «ya, ya está».
El cuerpo y el alma maceran las risas lo que conduce a que termine de arrancar el motor. Máxime con estos amaneceres portentosos, pinos recién peinados, y plantas de millo que doblan nuestro metro ochenta…



Si ayer fueron 25 hoy tocan 24. Otra pechada aunque aparentemente el perfil resulta más plano, menos rompepiernas. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. En principio es así como decía el poeta. «En principio». ¿Saben que la coletilla nos ocupó el debate en los primeros kilómetros?
«En principio sí», joder cómo jode sosteníamos algunos mientras que las relativistas, siempre tan comprensivas, las cousins siempre a favor de la corriente, temporizaban. Unas semanas después uno recibió un whatsapp que respondía a una pregunta pretérita así: «En principio no», lo que es una rizada de rizo insuperable.

¿Para qué fue aquello? Huelga decir que la coletilla se incorporó al viaje. «¿Es por allí? En principio sí»; ¿me llevas la mochila? En principio no» y así, en ese plan, estirando el chicle ad infinitum…en principio fue así.
A lo bobo, a lo bobo llegamos al avituallamiento marcado en fluorescente porque luego había la nada hasta Sigüeiro. Aquí coinciden todas las expediciones, aunque hayan partido a distinta hora, todos nos vemos en esta meta volante. Hay quienes toman el café con leche, un sandwich o un bizcochón y los hay que se aplican a levantar tercios de Estrella por mucho que sean las 10 am.

Además de poder sellar la compostela, en estos coffees peregrinos acostumbran a dejar un huequito para las citas y los recuerdos. Y ella, que para eso es rubia y zurda (ahora la moda es ser zurda y tal), se puso a ello.



Gentes de Huelva, Valencia, Italia, Sevilla…el roce hace el cariño y van los de Huelva y detallan de qué parte específica de Huelva son, y lo típico, el mundo es un pañuelo, «¿no conocerán a Elena, cuya pareja es…?», y sí, se conocían, y mira tú por dónde que se lo diremos cuando la veamos. Me dejaron una manita amistosa y una flechita que pueblan mi escritorio…

…ni una tonta y absurda discusión distintiva sobre procedencias, creencias, costumbres. El Camino invisibiliza las banderas, iguala en derechos y deberes, la misma vereda, el mismo destino. Mientras tanto, las vacas a lo suyo. Pastando, que es gerundio.

Y nosotros a lo nuestro, a caminar entre arcos verdes, pinos, berzas, cielos azules, soñando despiertos con mayor facilidad porque en efecto el sendero es mucho más tendido, y más llevadero pues, que el de ayer.



A veces perdemos el tino, los chicos, aclaro, y vamos un pelín más ligeros que tenemos que esperar. «Tengo que asustarlas antes de que lleguemos a Santiago, Fernández», tramo malignamente con una vena hinchada en el cerebro.

Ya llueve menos, la meseta cada vez va tornándose en pequeña rendija y aún medios «cambaletiados», se nota, se siente, la Pensión Vilanova está presente. «Pongan birras en la nevera», advertimos cuando quedaban dos kilómetros, «y en serio, ¿hay piscina en la pensión?», preguntamos ansiosos.

Había piscinita de «playmobil», más que digna, y vaciamos la nevera de las Estrellas 0,0 y alguna que otra con alcohol. Los aviones sobrevuelan esta paz inquisitorial y nos relajamos bajo la pérgola entre baños, risas y botellines.
A Sigüeiro fuimos a cenar, pero antes dimos un pequeño paseo en torno a su ría, su iglesia monumental y la estatua a la primera peregrina.



La primera peregrina inglesa fue Margery Kemp. Hizo lo mismo que estamos haciendo nosotros en 1417. Hace exactamente 605 años. Desde 2020 descansa esta estatua en Sigüeiro en su honor.
A nosotros nos transportan las maletas en cada etapa, brindamos con vino después de la ducha y podemos registrar-retratar cada paso con el móvil. ¿Qué pensaría Kemp si viera que hay quien maldice a la humanidad a día de hoy? El optimismo, ya se sabe, no está de moda. Kemp, no cabe duda, incrédula exclamaría «oh, my God».
Creo recordar que la cena giró de eso, aunque con otros actores y actrices. A propósito de la cena, y aprovechamos para cambiar de tercio, no pasará a los anales de esta crónica. Digamos que comimos correctamente. «Bueno, pues ya nos queda un mixto. Mañana sobre las 12 del mediodía en Santiago de Compostela…en principio. Ciao Baby!».
Vivido: Lunes 29 de Agosto de 2022.
Día 5: De Sigüeiro a Santiago de Compostela
17 kilómetros, el subidón de la llegada a la Plaza, ducha rápida, inmersión en el Mercado de Abastos, homenaje gastro, cañas (ahora sí, me las merezco con alcohol), vinos y algún orujo si se tercia. En Vilanova desayunamos pan de verdad, masa madre, tan sabroso como ligero, tan crujiente como adictivo.
Todo, absolutamente todo, se ve de otro color. Máxime cuando el taxista de anoche nos aseguró que el pescado ya estaba vendido «una pequeña tachueliña en el kilómetro 8 todo lo más» y el resto jauja, risas y preludio de lágrimas de emoción. Here we go! Último posado de pieses.

No nos engañó el taxista. Llevadero y placentero el sendero y aunque se nota que la city está próxima muchas postales curiosas enriquecen la retina.



¿Recuerdan que malignamente quien firma estas líneas pergeñaba un plan sustito del bueno a las cousins? Era ahora o nunca. Que conste que no sabía que iba a haber víctimas colaterales.
Una pequeña obra maestra «hitcochiana», las pobrecitas se asustaron a tope. Las víctimas colaterales se incorporaron a la grupeta cousin después de que Fernández and I las dejáramos atrás. En fin, casualidades guays, tan guays que pidieron el teléfono y que por favor les envíaramos el vídeo.
Hubo avituallamiento y sellos en la posada, superada la tachuela advertida por el conductor, ya era todo cuesta abajo y sin frenos…

Ya en Santiago. «¿En serio va a poner otro sello? Está realmente enganchada». Menuda paciencia la amiga rubia. Fernández me responde con un gesto muy suyo: alza la mano, con la palma mirando al frente y gira la mano de derecha a izquierda, negando, incrédulo, y resopla diciendo «esoooooo».

Habría sellado la compostela una treintena de veces, ¿qué más nos daba? Venga, sí, te esperamos y tal. Ya estábamos, y tanto, piel de gallina, flores en los parterres, murmullos y una gaita que inunda todo…joer, ¡qué nivel!
116 kilometros después, ea, finiquitamos el Camino Inglés. Suelta de adrenalina importante al transitar por la Plaza del Obradoiro y la Catedral que te abruma y te ridiculiza con lo minúsculo que eres. Besos, abrazotes, algunas lágrimas emotivas, coincidencias guapas con los de Huelva, Valencia, Italia…foto de grupo, foto de grupeta, «chacho, chacho…» pasaron 15 minutos y todavía seguíamos flotando. ¡Qué dichoso derroche de felicidad!

Check in, fuera pallá el calzado de senderismo, ducha, nos perfumamos y hasta nos pusimos desodorante, guapísimas ellas, apuestos ellos (uno más Roger que otro), dignísimos y con la conciencia tranquila…¡showtime en el Mercado de Abastos!



El Paraíso en la tierra era este y por si hoy tocase el fin de los días más de uno se está dando un festín a marisco de padre y señor mío. Abrimos boca con unas cañas heladas mientras al personal le sube el alcohol y se ponen a cantar el hola don pepito hola don josé de punta a punta en el Mercado.
Nos aplicamos, claro, esta es una muestra de algunos de los manjares soberbios con los que nos dimos el homenaje…

Estiramos la sobremesa, sobrebrindando, partidos de risa, discutiendo también, claro, hay que darle salseo a la vida, imposible, al parecer, con un coche/casa en Lanzarote, y cuando recogían los taburetes nos fuimos con la música a otra parte. Cada uno con su melodía: quien oyó misa para que ahora sí le pusieran el último sello, quien fue de compras, quien fue a teóricamente descansar y cayó rendido.
Vivido: Martes 30 de Agosto de 2022.
Bonus Track: Santiago antes de que amanezca
Segundo camino, el anterior data de 2018, el Camino Francés en bici, y el mismo bonus track. El despertador a las 6 am para pasear por la ciudad vacía que luce tan arrolladoramente hermosa, o más, que cuando le da el sol. Majestuosa…¡qué gozada!
Pasé por todos sus altares, le di la vuelta al derecho y al revés, vi trabajar a quienes la dejan impoluta, el portón impecable del Parador, las campanas dando las 7 am, y el Apóstol presidiendo la Catedral, justo cuando abre sus portones y recibe a los primeros curiosos entre los que me encuentro.
Al salir de ella las churrerías despiden aroma a aceite, a churro y chocolate, a café y a lecturas del periódico de ayer (de papel). Un ojo en el camino emprendido y te sorprendes a ti mismo con las inmensas ganas de empezar otro mientras apuro el paseo y me enamoro de manera perdida, perdidamente diría el galán, de esta ciudad maravillosa.



Y oye, que tengo que volver, como si se tratara de un imán…

El Camino tiene un punto «Rosa Púrpura del Cairo» y de su protagonista Cecilia quien encontraba en el cine la evasión de la realidad que necesitaba. Es una parada, un kit-kat, un reseteo. Un placer haberlo vivido y saboreado con los otros seis pieses.
Vivido: Martes 31 de Agosto de 2022.