Una lluvia fina dejó impoluto el cielo y el mar. El momento perfecto para transitar entre las dos caras del viejo entramado histórico de Arrecife. Pueden parecer dos orillas, pero es el mismo mar el que baña los puentes y la explanada serena del Castillo de San Gabriel.
El coche quedó en las afueras de la ciudad y accedemos a la avenida desde el Islote del Francés, desde donde se presagia un atardecer rosáceo y azul pardo, a punto de echar el telón de la jornada.
En apenas 300 metros damos con el pasadizo que nos conduce al Puente de las Bolas, construido en 1771 por José Ruiz Cermeño, una de las imágenes más reconocibles de Arrecife. Levantado como puente defensivo, unía la ciudad con el Castillo de San Gabriel y permitía aislar la fortaleza ante ataques piráticos por mar.
Sin piratas a la vista, pasamos bajo las dos esferas que coronan sus pilares y le dan nombre, integrándolo como una pieza más del paisaje marino de la capital.

En verano, el camino empedrado y el puentito de madera concentran restos de sal que van y vienen del mar al puente y del puente al mar, empujados por una legión de chinijos que saltan, vuelan e inventan piruetas.

Hoy (enero de 2026), la vereda empedrada reluce tras esta lluvia chipi-chipi, suave y ligera, que hace brillar todo lo que toca, horizonte atlántico y celeste incluidos.

La bajamar exhala aroma a profundidad atlántica, a seba, a sal y a vida, mientras el frío repele a los pocos viajeros que aún resisten a estas horas por la explanada del Castillo de San Gabriel y huyen en dirección al Charco de San Ginés.

Desde la falda del Castillo sobresale uno de los dos cañones que apuntan directamente al atardecer. Según recuerda Memoria de Lanzarote, “las dos piezas de artillería que aparecen en el frontis eran originales de la Batería militar del Río, en el norte de la isla, y fueron trasladadas hasta el castillo una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, evitando así su desaparición”.

Cautivos y desarmados frente al litoral portentoso de Arrecife, el Islote del Quemado —así se llama el enclave del Castillo de San Gabriel— es punto y aparte de este atardecer abrumador. El skyline capitalino se salpica de barquitas, catamaranes, el Gran Hotel ya iluminado y nubes que amenazan nuevas lluvias finas…


El Castillo, ideado por el ingeniero Torriani, se alza en esta ubicación desde 1587. Ha sido, desde entonces, testigo privilegiado del Arrecife de ayer y de hoy tras casi quinientos años de silenciosa observación. No extraña, por tanto, que desde 2014 el interior de la fortaleza albergue el Museo de Historia de Arrecife.
Vuelvo por donde he venido, aunque cada cierto número de pasos giro 180º para contemplar el atardecer que a punto está de escaparse. Estoy, otra vez, en Both Sides Now: atrás atardece, delante cae la noche.

Son las siete de la tarde y la ciudad parece echar el cierre. Llueve. Pero en apenas unas horas, hacia las siete de la mañana del día siguiente, el sol volverá a salir justo por el horizonte al que ahora me dirijo.
Será otro mar, otra marea; sin embargo, tú y yo sabemos que siempre será el mismo. Atardece en Arrecife, forever and ever, entre el Puente y el Castillo.
Vivido: Lunes 19 de enero de 2026 entre las 18:15 y las 19:00.