Las tuneras se inclinan bajo el peso de la cochinilla, aquel diminuto insecto que llegó a ser oro rojo y sostuvo durante años la economía de muchas casas de Guatiza y Mala. Mientras las tuneras agonizan, los muros de piedra seca parecen conservar el pulso, delimitando las viejas huertas y los cocederos de las Salinas de Guatiza, al sur del pintoresco pago de Los Cocoteros, en el noreste de Lanzarote.

Una de sal… y otra de arena. Restos de la última zafra mantienen con vida a las otrora productivas salinas del Agujero o de la Caleta, aunque ya no hacen falta los viejos molinos, hoy rendidos al óxido del desuso y el olvido.
Pasear por el entorno de las Salinas es como recorrer un yin y yang: conviven la vida y la muerte, la vieja Lanzarote y la nueva, la huella de tiempos remotos, duros y sacrificados, y el reflejo del presente, con caminantes y bañistas que echan la tarde pescando un atardecer.

Queda aún algún monturro de sal, aunque los cocederos, vistos desde arriba, recuerdan a un estuche de maquillaje y te sorprendes tarareando: “Sombra aquí, sombra allá, maquíllate, maquíllate”.
La tarde está echada, perfecta para un paseo por el litoral. Una pequeña vereda conecta las Salinas con el bañadero de Guatiza, y allá fuimos a inhalar yodo mientras contemplábamos la isla y su contraste: las siluetas afiladas que delimitan el litoral este de Lanzarote.


La tarde termina de caer, trazando un hipnótico brochazo de suave naranja —casi un albaricoque— justo en el momento en que el kayak vuelve de la pesca mar adentro.
Vivido: Lunes 26 de enero de 2026 entre las 18:15 y las 19:00.
Las Salinas de Guatiza
Las Salinas de Guatiza, también conocidas como Salinas de Los Cocoteros o de La Caleta, son uno de esos paisajes donde la historia se mezcla con el Atlántico. Construidas en 1940 y extendidas en terrazas sobre la costa, llegaron a producir hasta 850 toneladas de sal al año gracias a un ingenioso sistema de molinos que bombeaban el agua del mar desde un pozo.
Hoy, entre cocederos, tajos y monturros blancos, el lugar conserva la huella del trabajo artesanal que marcó la vida del norte de Lanzarote. El contraste entre la sal, la piedra volcánica y el océano convierte este rincón en un mirador natural donde el paisaje habla de oficio, tiempo y mar.