Antes de enredarnos en La Nasa, soltamos las piernas y la retina por el bello litoral de Arrieta. Aquí ocurre lo mismo que en El Golfo, Punta Mujeres o Playa Quemada: conviene aparcar lejos del restaurante y regalarse un aperitivo contemplativo.
En esta ocasión dejamos el coche al norte del pueblo, en el entorno de la singular Casa Juanita, donde se abre una amplia zona de aparcamiento. El primer avistamiento llega a la altura de los Morros de Arrieta: surfistas trazando una ola tras otra, para regocijo de los caminantes.

Me doy tres golpitos en el pecho mientras le saco la lengua a mis tres acompañantes, que huyen del caminar como de la peste: “a nosotros déjanos en la misma puerta nasiana”. Ellos se pierden este festín de azul turquesa, estruendo de olas, aroma a seba y yodo marino, el mismo elixir que buscaron los padres de Juanita al levantar aquella casona a los pies del Charcón (historia de Casa Juanita).


Callejeo por los vericuetos del muelle de Arrieta, sin prisa, dejándome llevar por ese andar sin objetivo que a veces regala recompensas. Y vino aquí en forma de nasas apiladas, recién salidas del Atlántico, aún húmedas y con restos de seba, acostadas y en reposo en un costado del restaurante La Nasa.

Al atravesar el portón de La Nasa uno se instala directamente en las buenas vibraciones. Ana nos recibe, como es costumbre, y a su lado un joven cocinero.
—¿Nuevo fichaje para ayudar a Domingo en la cocina? —preguntamos.
—¿Pero no lo reconoces? Es mi hijo.
Lo de no callarse ni bajo el agua tiene estas cosas. Tierra, trágame, pienso para mis adentros, aunque hay que reconocer que el muchacho ha pegado un buen estirón desde la última vez que coincidimos. La saga, pues, continúa.
Y no es casualidad. La Nasa nació hace ahora cuarenta años de otro paseo por Arrieta, cuando los padres de Ana caminaron por este mismo entorno y decidieron clavar una pica en Flandes. Hoy los hijos de Ana y Domingo, el joven nieto y su nieta Rebeca, dan continuidad a esos arroces de cuna.
¿Recuerdan a aquellos acompañantes que no quisieron caminar ni un metro? Ahí los tienen, mirando al mar, y mi silla de espaldas al océano. Gente astuta, y uno pasando noches sin conciliar el sueño, dudando del actual sistema educativo del colegio y el instituto.

Un breve giro de nuca y asunto arreglado. Además, la nueva perspectiva me permite confirmar que a La Nasa hay que venir con reserva previa. Son las 13:00, el comedor está a full y veo cómo Ana anuncia que no hay mesa a una multitud de nuevos comensales.

—Mira, Ana, estos dos van a arramblar con los panes, los mojos y el alioli. Así que una ración de esas papas bonitas portentosas, el rejo de pulpo al grill y arroz negro para tres.
Y poco a poco, con el timing exacto, fueron desfilando…



Todo, como de costumbre, deliciosamente delicioso. Los chinijos, con la comisura de los labios ennegrecida, dictan sentencia: “El arroz negro está mejor todavía de lo que recordábamos”. 21 de diciembre de 2025, cierre de temporada en La Nasa. Volverán al ruedo el jueves 8 de enero de 2026, a soplar las velas del 40 aniversario de este ya clásico de Arrieta.

Nosotros volvemos por donde hemos venido, ahora que empezó a llover y se encapotó el norte… lo del Belén de Haría y el café en la plaza será otro día.
Vivido: Domingo 21 de diciembre de 2025 entre las 13:00 y las 15:00 horas.
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🥘 En La Nasa hay una apuesta por la máxima calidad, una operativa que agiliza la logística y, sobre todo, un modo de entender la restauración que pivota sobre el tiempo… que es oro. Las paellas, arroces y fideuás tienen su timing, y Domingo lo maneja con swing.
📍C/ La Garita, 62, Arrieta (MAPA).
🕛 De miércoles a domingos de 12:00 a 17:00.