Aparcamos en el límite urbano más al norte de Playa Quemada, tras recorrer la estrecha carretera que cruza una inmensa llanura salpicada de unos pocos cuartos de aperos.
Parece mentira, pero al otro lado de la isla, en la orilla noroeste, el viento sopla con fuerza. En Playa Quemada, acurrucada al sureste de Lanzarote bajo las costuras, filos y crestas del Monumento Natural de los Ajaches, el alisio, sin embargo, apenas logra hacerse sentir. Prescindimos del chaquetón, lo dejamos en el portabultos, nos atamos los cordones y echamos a andar al borde del mar.
Entre palmeras, una pulcra morada de apartamentos —encalada y con portones, ventanas y postigos de suave color verde— se alza sobre el litoral rocoso. Para alcanzar el mar y la avenida marítima del pago sureño es preciso descender por una escalera de piedra en forma de caracol.

Un trasmallo oxidado, unas barquitas, hamacas, una barbacoa, varias mesitas, unas sillas, una antena, tres gatos y una paloma pueblan el rofe que hace las veces de privilegiado bulevar marítimo.



El joven que baldea y acicala la terraza del Pescador, el primero de los tres restaurantes costeros de Playa Quemada, es la primera señal de vida humana tras los gatos silvestres y la paloma encaramada en la antena de TV.
¿Se ha parado el tiempo? ¿Acaso todo el mundo duerme? Quizá ambas cosas. Al acercarnos al corazón de Playa Quemada, la pequeña playa del pueblo, los viajeros que se alojan por estos lares —huyendo del asfalto, el frío y el estrés— yacen rendidos sobre la orilla de jable negro, disfrutando de una siesta mañanera tras el desayuno.

Toalla, escarpines, gafas y tubo: así se redondea la mañana…

Vivido: Miércoles 4 de marzo de 2026 entre las 9:00 y las 10:30 de la mañana.
Playa Quemada
📍 Sureste de Lanzarote
🚗 Recomendable aparcar en el límite norte del pueblo (zona aproximada)
