Aquel viernes 21 de noviembre el WindGuru anunciaba 15 nudos de viento del oeste y un oleaje atlántico de 1,5 metros. Condiciones ideales para regresar a Los Hervideros y presenciar, una vez más, los bufidos del mar contra la costa volcánica del suroeste de Lanzarote.
Dejamos a un lado la entrada a la intrincada red de vericuetos que conduce directamente al choque entre las dos fuerzas de la naturaleza. Preferimos, por ahora, avanzar unos pasos hacia el norte y asomarnos a las estrechas veredas de los mariscadores.

Buscamos perspectiva. La que nos permita entender qué ocurrió aquí hace casi 300 años. Para ello nos guiamos por la Montaña Bermeja, a nuestra izquierda, antiguo límite de la isla antes del estallido de las Erupciones de Timanfaya (1730-1736). Sí: todo este maremágnum de malpaís es territorio nuevo, ganado al mar durante aquellos aciagos años.

Damos la espalda al bravo océano y contemplamos de frente las infinitas riadas de lava que transformaron el centro, el oeste y el suroeste de Lanzarote. ¿Cómo sería aquel pulso del fuego cuando, tras avanzar dos, tres y hasta cuatro leguas tierra adentro, tropezó por fin con el mar y sepultó todo lo que encontró en su camino?

El cura de Yaiza, Andrés Lorenzo, dejó constancia de lo que observó desde una loma del pueblo sureño durante 1730 y 1731. En esos dos años, la lava, desparramada como miel, arrasó el centro y el oeste de la isla.
No tenemos referencias directas sobre el encuentro del fuego con el mar en la zona que hoy conocemos como Los Hervideros —entendemos, pues, que la expansión de la isla hacia el suroeste debió ocurrir entre 1732 y 1736—, pero podemos imaginárnoslo a partir del relato del sacerdote sobre el abrazo del malpaís con el Atlántico al oeste de Lanzarote:
«El 11 de septiembre la erupción se renovó con más fuerza, y la lava comenzó a correr. De Santa Catalina se precipitó sobre Mazo, incendió y cubrió toda esta aldea y siguió su camino hasta el mar, corriendo seis días seguidos con un ruido espantoso y formando verdaderas cataratas. Una gran cantidad de peces muertos sobrenadaban en la superficie del mar, viniendo a morir a la orilla. Bien pronto todo se calmó, y la erupción pareció haber cesado completamente».
Aquel relato, escrito hace casi tres siglos, resuena mientras avanzamos por el sendero costero. Hoy no vemos ríos incandescentes, pero sí el resultado final de aquel enfrentamiento descomunal: un litoral fracturado, cavernas talladas por las olas y un rugido que parece brotar desde las entrañas mismas de la isla. Cada golpe del mar contra la lava solidificada es un recordatorio vivo de aquel pulso entre fuego y océano.

Ya en la zona delimitada de Los Hervideros, avanzamos por los pasadizos volcánicos que nos llevarán hasta las grietas desde las que se asoma el azul marino y verdoso del océano. A mitad de camino tropezamos con una pareja de jóvenes, atrapados en un pequeño trance frente al espectáculo que tienen ante sí. Incrédulos ante ese cuadro de naturaleza salvaje, se abrazan y se besan con la emoción de quien siente que alguien le ha rozado con una varita mágica.

Transitamos por los pasillos, las escaleritas esculpidas y los pequeños anfiteatros. El itinerario está perfectamente pensado, construido íntegramente con el propio malpaís surgido de las entrañas de Lanzarote.



Los viajeros recuerdan a esos pingüinos que avanzan a cámara lenta por el continente helado de la Antártida. Aquí caminamos sobre fuego, aparecemos y desaparecemos del escenario mientras sorteamos los escondrijos y vericuetos de Los Hervideros. Hoy, pese al parte que anunciaba mar bravo y olas de 1,5 metros, nos quedamos sin bufidos atlánticos, sin esos destellos de agua pulverizada que acompañan al estruendo violento del mar contra la roca negra.

Aun sin los bufidos que esperábamos, la atmósfera del lugar no pierde fuerza. El viento sigue colándose por las grietas, el mar golpea con un ritmo constante y el aire salino se apodera de nosotros. Lentamente, la luz del atardecer comienza a teñir la lava de tonos cálidos: ocres, naranjas y rojizos que se mezclan con el verde profundo del océano. El espectáculo cambia de forma, pero no de intensidad: ahora es la calma la que impresiona, la que obliga a detenerse y contemplar cada pliegue de este escenario labrado por fuego y mar.

Me despido de los “pingüinos sobre el fuego”, que siguen explorando, posando y sacando fotos como si no hubiera un mañana. Con la sensación de haber vivido cada cueva y cada rincón del malpaís, es hora de revivirlo todo en vídeo: movimientos, colores y la fuerza del mar contra la lava quedan capturados para prolongar la experiencia más allá de la caminata.
«Perspectiva, queremos una perspectiva como la que tuvo don Andrés hace tres siglos», nos conjuramos, y nos dirigimos a La Degollada, un pequeño pago entre Yaiza y la Atalaya de Femés. Desde este rincón estratégico se domina la mastodóntica riada de lava que avanzó hacia el suroeste de la isla, extendiendo sus límites mar adentro y dejando una huella que aún hoy impresiona por su magnitud.


“¿Qué eran Los Hervideros?”, preguntó la chinija cuando volvimos a casa. Una isla indómita, salvaje y poética, que hay que mostrar más de una vez a quienes tomarán el testigo, para que la graben a fuego en la memoria.
Vivido: viernes 21 de noviembre de 2025, entre las 17:00 y las 19:00.